sábado, 27 de octubre de 2007

¿QUÉ ES "SENDAS DE PAZ"?

SENDAS DE PAZ

Aída Aisenson Kogan

INTRODUCCIÓN

Por más que los mayores riesgos para la supervivencia de la humanidad residen, como es común señalarlo, en la posibilidad de una conflagración nuclear (y es cada vez mayor el número de países que cuentan o pronto contarán con armas atómicas), y en la destrucción de los recursos ecológicos, peligros uno y otro provocados por la misma actividad del hombre, las guerras convencionales, se libren entre naciones o sean enfrentamientos internos, con su trágico cortejo de muerte y sufrimientos, jusfitican más que sobradamente todo intento de hallar medios plausibles para terminar con esa magna causa de infelicidad. Sin mencionar la implicada transgresión de la norma que prohíbe matar o dañar al prójimo, el valor de respeto por la vida inscripto en la índole moral del hombre.
A la preocupación por la supervivencia de nuestra especie le corresponde un rango prioritario, pero erradicar la violencia bélica constituye igualmente un mandato necesario y urgente.

De esta convicción partió el propósito de redactar los textos que componen Sendas de paz. Los participantes proceden de disciplinas diversas, exponen sus argumentos con mayor o menor extensión, no siempre coinciden en sus propuestas, aunque a la vez aparezcan también repeticiones, difieren en los grados de optimismo o pesimismo respecto a la consecución de la meta perseguida y se fundan en concepciones e informaciones de variado origen. De todos modos puntos de acuerdo esenciales que los unen les permitieron abocarse entre todos a un proyecto común.

Percibo por mi parte las siguientes coincidencias: ante todo no ceder al escepticismo, a la corriente crítica de que se incurre en un irrealismo utópico al considerar realizable la perspectiva de que como normas naciones y comunidades tramiten por vías pacíficas los conflictos que las dividen. Y sin embargo la impredecible historia nos ofrece ejemplos incluso recientes que certifican esa posibilidad; la unión de las dos Coreas, el acuerdo entre Irlanda del Norte e Irlanda del Sur, hace algunos años la mediación que logró frenar una inminente guerra entre nuestro país y Chile, el clásico ejemplo de la independencia de la India, o del triunfo sobre el aborrecible apartheid en Sudáfrica… Abonan estos casos la confianza en el diálogo entre naciones o fracciones ideológicas, compartida también entre los autores aquí congregados. ¿Por qué, dados estos giros históricos, adherir a la afligente y enervante creencia de que el esfuerzo por orientarse hacia caminos armónicos en lugar de la pugnacidad armada no será recompensado?

Sin embargo no es un juicio sustentado unánime ni aun mayoritariamente en los círculos científicos. En el Manifiesto de Sevilla contra la violencia, difundido por la UNESCO en 1989, un grupo internacional de especialistas en diversas disciplinas: psicología, neuropsicología, antropología, psiquiatría, comportamiento animal y otras, concluye que “la guerra y la violencia no son una fatalidad biológica (…) nuestros antepasados inventaron la guerra. Nosotros podemos inventar la paz”.

Es preciso tomar en cuenta la flexibilidad de las conductas humanas, en el plano individual y en el plano colectivo, por el influjo de las culturas. No se justifica tampoco pensar que no se darán nuevos avatares en la evolución psícoespiritual, tal como se han ido dando desde la prehistoria. En ese proceso, nos instan los especialistas del Manifiesto de Sevilla, “todos nosotros, cada uno en su sitio, tenemos que cumplir nuestro papel”.
Ese papel, el de “Cada uno desde su sitio”, se resume, bien mirado, en ir construyendo una cultura de paz, con sus pautas de comunicación dialógica y sus ideales de conciliatoria consideración por el otro.

El gran recurso, como explícita o implícitamente se declara en las contribuciones en las diversas colaboraciones que siguen, es la educación. Aun sin certeza total en cuanto a los resultados del enfoque pedagógico no nos es lícito, ni racional, ni moralmente dejar de privilegiar esta vía.
Se trata de una axiopsicoeducación ya que, desde un ángulo que se extiende mucho más allá de la sola ilustración, se sustenta en valores (respeto a la vida, respeto al otro, felicidad), en ahondar en las causas psicológicas que inclinan a la violencia (reacción muchas veces inconsciente en relación a fracasos personales o aun frustraciones colectivas, efecto de tradiciones nacionales y culturales), y por fin en el propósito de canalizar la iracundia convirtiéndola en energía constructiva hacia objetivos y tareas libres de propósitos de daño.

La capacidad de derivar tendencias hacia metas distintas de las originales aparece tempranamente. Según D. W. Winnicott ya en la primera infancia; dice así el prestigioso psicoanalista respecto a la agresividad en los bebés: “cuando fuerzas crueles y destructivas amenazan con predominar sobre las amorosas, el bebé puede disfrutar del morder independientemente de sus sentimientos hacia la gente mordiendo objetos que no sienten”.
Por su lado Alfred Adler aseveraba en su El sentido de la vida que “…la guerra, la pena de muerte, el odio de razas y de pueblos (…) son originados por la insuficiencia del sentimiento de comunidad y deben ser comprendidos como intentos perniciosos de resolver una situación con medios improcedentes”.
Perniciosos e improcedentes porque no reflejan la triple cualidad propia de la criatura humana de racionalidad eticidad y capacidad de amar. Traicionan esas aperturas hacia la trascendencia.

Otra convicción que acerca entre sí las distintas aportaciones al proyecto de fundamentar la paz radica así en la fe en la educación para ir aminorando en intensidad y frecuencia los eclipses de la dimensión propiamente humana y avanzar en cambio hacia su eventual plenificación.
No es una beata candidez la búsqueda de la paz perpetua preconizado por Kant, es una empeñosa tarea.
A quienes así no lo vean los exhorto a no propagar su negativismo, porque es hasta inmoral socavar iniciativas que apuntan a la perfectibilidad de nuestra índole. Con cautela y a la vez ilusión habrá que unirse una y otra vez, desde perspectivas plurales, en la dedicación activa a la causa de la paz, dando fin al mito de la inevitabilidad de la guerra.

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