SENDAS DE PAZ
Aída Aisenson Kogan
INTRODUCCIÓN
Por más que los mayores riesgos para la supervivencia de la humanidad residen, como es común señalarlo, en la posibilidad de una conflagración nuclear (y es cada vez mayor el número de países que cuentan o pronto contarán con armas atómicas), y en la destrucción de los recursos ecológicos, peligros uno y otro provocados por la misma actividad del hombre, las guerras convencionales, se libren entre naciones o sean enfrentamientos internos, con su trágico cortejo de muerte y sufrimientos, jusfitican más que sobradamente todo intento de hallar medios plausibles para terminar con esa magna causa de infelicidad. Sin mencionar la implicada transgresión de la norma que prohíbe matar o dañar al prójimo, el valor de respeto por la vida inscripto en la índole moral del hombre.
A la preocupación por la supervivencia de nuestra especie le corresponde un rango prioritario, pero erradicar la violencia bélica constituye igualmente un mandato necesario y urgente.
De esta convicción partió el propósito de redactar los textos que componen Sendas de paz. Los participantes proceden de disciplinas diversas, exponen sus argumentos con mayor o menor extensión, no siempre coinciden en sus propuestas, aunque a la vez aparezcan también repeticiones, difieren en los grados de optimismo o pesimismo respecto a la consecución de la meta perseguida y se fundan en concepciones e informaciones de variado origen. De todos modos puntos de acuerdo esenciales que los unen les permitieron abocarse entre todos a un proyecto común.
Percibo por mi parte las siguientes coincidencias: ante todo no ceder al escepticismo, a la corriente crítica de que se incurre en un irrealismo utópico al considerar realizable la perspectiva de que como normas naciones y comunidades tramiten por vías pacíficas los conflictos que las dividen. Y sin embargo la impredecible historia nos ofrece ejemplos incluso recientes que certifican esa posibilidad; la unión de las dos Coreas, el acuerdo entre Irlanda del Norte e Irlanda del Sur, hace algunos años la mediación que logró frenar una inminente guerra entre nuestro país y Chile, el clásico ejemplo de la independencia de la India, o del triunfo sobre el aborrecible apartheid en Sudáfrica… Abonan estos casos la confianza en el diálogo entre naciones o fracciones ideológicas, compartida también entre los autores aquí congregados. ¿Por qué, dados estos giros históricos, adherir a la afligente y enervante creencia de que el esfuerzo por orientarse hacia caminos armónicos en lugar de la pugnacidad armada no será recompensado?
Sin embargo no es un juicio sustentado unánime ni aun mayoritariamente en los círculos científicos. En el Manifiesto de Sevilla contra la violencia, difundido por la UNESCO en 1989, un grupo internacional de especialistas en diversas disciplinas: psicología, neuropsicología, antropología, psiquiatría, comportamiento animal y otras, concluye que “la guerra y la violencia no son una fatalidad biológica (…) nuestros antepasados inventaron la guerra. Nosotros podemos inventar la paz”.
Es preciso tomar en cuenta la flexibilidad de las conductas humanas, en el plano individual y en el plano colectivo, por el influjo de las culturas. No se justifica tampoco pensar que no se darán nuevos avatares en la evolución psícoespiritual, tal como se han ido dando desde la prehistoria. En ese proceso, nos instan los especialistas del Manifiesto de Sevilla, “todos nosotros, cada uno en su sitio, tenemos que cumplir nuestro papel”.
Ese papel, el de “Cada uno desde su sitio”, se resume, bien mirado, en ir construyendo una cultura de paz, con sus pautas de comunicación dialógica y sus ideales de conciliatoria consideración por el otro.
El gran recurso, como explícita o implícitamente se declara en las contribuciones en las diversas colaboraciones que siguen, es la educación. Aun sin certeza total en cuanto a los resultados del enfoque pedagógico no nos es lícito, ni racional, ni moralmente dejar de privilegiar esta vía.
Se trata de una axiopsicoeducación ya que, desde un ángulo que se extiende mucho más allá de la sola ilustración, se sustenta en valores (respeto a la vida, respeto al otro, felicidad), en ahondar en las causas psicológicas que inclinan a la violencia (reacción muchas veces inconsciente en relación a fracasos personales o aun frustraciones colectivas, efecto de tradiciones nacionales y culturales), y por fin en el propósito de canalizar la iracundia convirtiéndola en energía constructiva hacia objetivos y tareas libres de propósitos de daño.
La capacidad de derivar tendencias hacia metas distintas de las originales aparece tempranamente. Según D. W. Winnicott ya en la primera infancia; dice así el prestigioso psicoanalista respecto a la agresividad en los bebés: “cuando fuerzas crueles y destructivas amenazan con predominar sobre las amorosas, el bebé puede disfrutar del morder independientemente de sus sentimientos hacia la gente mordiendo objetos que no sienten”.
Por su lado Alfred Adler aseveraba en su El sentido de la vida que “…la guerra, la pena de muerte, el odio de razas y de pueblos (…) son originados por la insuficiencia del sentimiento de comunidad y deben ser comprendidos como intentos perniciosos de resolver una situación con medios improcedentes”.
Perniciosos e improcedentes porque no reflejan la triple cualidad propia de la criatura humana de racionalidad eticidad y capacidad de amar. Traicionan esas aperturas hacia la trascendencia.
Otra convicción que acerca entre sí las distintas aportaciones al proyecto de fundamentar la paz radica así en la fe en la educación para ir aminorando en intensidad y frecuencia los eclipses de la dimensión propiamente humana y avanzar en cambio hacia su eventual plenificación.
No es una beata candidez la búsqueda de la paz perpetua preconizado por Kant, es una empeñosa tarea.
A quienes así no lo vean los exhorto a no propagar su negativismo, porque es hasta inmoral socavar iniciativas que apuntan a la perfectibilidad de nuestra índole. Con cautela y a la vez ilusión habrá que unirse una y otra vez, desde perspectivas plurales, en la dedicación activa a la causa de la paz, dando fin al mito de la inevitabilidad de la guerra.
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sábado, 27 de octubre de 2007
lunes, 1 de octubre de 2007
SENDAS DE PAZ, por Aída Aisenson Kogan.

AGOTAR EL CAMPO DE LO POSIBLE HACIA LA PAZ
· Agota el campo de lo posible.
Píndaro
· Lomij zij iberbeitem, iberbeitem
koif a pur maronzen
lomij zij iberbeitem, lomij gueien tomsem
(¡a amigarse, compra un par de naranjas y vamos a bailar!).
Canción popular idish
Es de todos sabido que los caminos conducentes a edificar el ideal de la paz entre las naciones son complejos y diversos: económicos, sociales, políticos, psicológicos. En el texto que sigue concedo atención casi exclusivamente a los factores psicológicos, de orden individual y colectivo, porque la clave del paso de las hostilidades a la concordia reside básicamente a mi juicio en un cambio de actitudes.
Piénsese por ejemplo en el problema del empecinamiento en determinaciones preconcebidas que bloquean el descubrimiento de posturas nuevas.
Los planes de paz y las iniciativas e incumbencias que les serían conexas no son necesariamente complicados en sí, pero difíciles de concretar porque chocan con posiciones de fuerte arraigo que inclinan a la violencia. Se trata por el contrario de dejar atrás viejos y paralizantes clisés; en el conflicto palestino-israelí por ejemplo, “no hay con quien hablar” (los israelíes) o (los palestinos), “nos arrebataron nuestras tierras, hay que arrojarlos al mar”; y generar planes originales de acercamiento a una meta común, despegándose de las habituales acusaciones tanto entre los adversarios directos como por parte de sus respectivos partidarios.
Y bien, ¿cómo dotar de fuerza impulsora al propósito de revertir la declamada (y actuada) pugnacidad para dar cada vez mayor cabida, en cambio, a la voluntad de paz?
Mi intención aquí es precisamente la de esbozar un programa destinado a ese fin, esbozar digo porque lo considero susceptible de ser enriquecido, sobre todo en lo que toca a la implementación de medidas práctica.
El enfoque psicológico es fundamental. Así, vuelvo al mismo ejemplo, el conflicto palestino-israelí que con tan dolorosas consecuencias para los pueblos involucrados se arrastra sin perspectivas ciertas de solución desde mediados del siglo pasado, constituye un caso paradigmático de obstinado y hasta insensato apego a convicciones y nostalgias que se alzan como el mayor obstáculo para la reconciliación.
Actitudes
Ya que las guerras comienzan en las mentes de los hombres, es en las mentes de los hombres donde se deben construir los baluartes de la paz.
Preámbulo de la Constitución de la UNESCO, 1948
Está a nuestro alcance la posibilidad de disminuir de modo inconmensurable la suma de dolor y miseria que hay en el mundo, pero poco avanzaremos por este camino mientras permitamos que creencias irracionales opuestas entre sí dividan a la raza humana en grupos mutuamente hostiles.
Bertrand Russell
En la unidad de emergencia de un hospital los médicos no se preguntan de quién ha sido la culpa sino que deciden lo que hay que hacer.
Amos Oz
Un cambio de actitudes es lo que se impone si se anhela la prevalencia de la paz; sugiero que se adopten las que enumero a continuación.
1. Suspender la rencorosa formulación de acusaciones de una a otra parte. Es una proposición sumamente difícil de llevar a la práctica, porque en torno a las cuestiones conflictivas cunden las visiones maniqueístas y se han acumulado prejuicios, resentimiento y mala información. Sin embargo, si no se elige esa vía las diferencias no harán sino perdurar o aun ahondarse, con sus secuelas de muerte y sufrimiento e incluso con peligro a veces para la paz mundial.
2. Disponerse a esforzar la imaginación para el hallazgo de soluciones positivas desde ángulos de visión inéditos o muy escasamente considerados. Atreverse a pensar distinto, a derribar partidismos exclusivistas, por aceptados que sean en el medio en que uno vive, tenidos incluso como sello de idealismo.
3. Moderación. Las posiciones de máxima, el fundamentalismo de la llamada opción “suma cero” en el lenguaje de la teoría de los juegos (o sea, una de las partes gana todo, la otra lo pierde todo) resulta por lo común en perjuicio para ambas. Estudios experimentales en torno al clásico juego matemático el Dilema del Prisionero revelaron que perseguir la máxima ganancia (en ese juego obtener la libertad a costa de la condena más elevada de la eventual contraparte, que carga con toda la culpa del delito cometido) no es provechoso para ninguno de los contendientes. Ya lo dice la sabiduría popular, “la codicia rompe el saco”, y desde un nivel profesional de análisis la cooperación se reveló experimentalmente como la mejor estrategia. La inclinación al compromiso, a comedirse a rebajar los reclamos, conduce, así sea a la larga, a resoluciones en mayor o menor medida satisfactorias; representa el triunfo de la prudencia, de aristotélico prestigio.
4. Perseverancia. Es preciso persistir en las medidas de acercamiento a la paz que se hayan ido tomando si se perciben progresos, aun cuando no sean enteramente prometedores, reiterar los ofrecimientos de diálogo y las acciones conciliatorias, hasta corriendo el riesgo de bajar en algún grado las defensas. Significa demasiado para el bienestar de los pueblos el logro de la conciliación como para no analizar cuidadosamente y controlar el propio recelo. Si es entendible que los tomadores de decisiones no se dejen llevar por un fácil optimismo, hay que reconocer asimismo que la no reciprocidad en cuanto a las ofertas de acuerdo no siempre es definitiva: también del otro lado de la frontera se terminará probablemente por apreciar la coexistencia en armonía. La historia es rica en ejemplos de muy enconadas y prolongadas guerras u hostilidades que parecían insolubles y concluyeron sin embargo en pactos de paz. Solo unos pocos casos, de estos últimos siglos: Francia y Alemania, después de luchar entre sí en 1870, 1914 y 1939, son hoy prácticamente naciones aliadas; entre nosotros, la rivalidad con Chile por cuestiones territoriales se ha transformado en amistad entre pueblos y gobiernos, cuando pocas décadas atrás nos hallábamos al borde de la guerra; India y Paquistán, se empeñan en la actualidad en superar su diferendo por Cachemira; EE.UU. y Japón, acérrimos adversarios en la Segunda Guerra Mundial, son hoy potencias amigas; se está sellando la paz entre católicos y protestantes en Irlanda, y así sucesivamente. Esperemos que la cuestión de las islas Malvinas, que por causa de un gobierno que padecimos, irresponsable y ambicioso de poder, derivó en desgracia para centenares de jóvenes argentinos e ingleses y sus familias, se resuelva dentro de un lapso no demasiado largo en un final feliz y justo. Y lo mismo habrá de ocurrir, si es que la política se deja guiar por la sensatez y la compasión, en Irak, desgarrado por una virtual guerra civil hoy, después de la injustificada invasión de los EE.UU. Mis ejemplos solo son una mínima parte de los registrables; antes que abandonar la esperanza más bien hay que indagar sobre el porqué de los repetidos fracasos de los acuerdos hasta ahora intentados y prevenir que no vuelva a ejercer su aciago efecto. En la medida de lo posible, hasta lograr lo que una firme voluntad de paz, sostenida por las actitudes recién expuestas así como por otras que a continuación consigno, se fije como meta.
5. Superar el escepticismo, otra manera de decir perseverar. Esto es, aunque la paz perpetua, como tituló Kant a su famoso opúsculo, sea vista como un ideal inalcanzable, si este ideal perdura aun es porque responde a un reclamo esencial del alma humana. A pesar de las embestidades brutales de la agresividad en el terreno internacional y en otros también. Es como ser fiel a un mandato de autenticidad no ceder a las muy comunes, incluso estereotipadas incitaciones al desánimo: “somos naturalmente agresivos”, “siempre habrá guerras”. Acaso así sea, no me propongo debatir aquí el todavía irresuelto problema de si la agresividad debe juzgarse ínsita a la índole humana o adquisición cultural; sea de una manera o de otra cabe encauzarla por carriles que no impliquen maltratos, y en nuestra condición de seres éticos no nos es lícito contemplar cómo se extienden los estragos causados por las guerras o el terrorismo sin empeñarnos, aun cuando parezca contra viento y marea, en promover respuestas diferentes ante las incompatibilidades de intereses y anhelos que inevitablemente dividen a las gentes y les dan nacimiento.
6. Mirar hacia el futuro. Lo que entraña dos condiciones al menos: despegarse de la ambición de quererlo todo para uno mismo o para el propio pueblo o fracción política, y visualizar las posibilidades de desarrollo individual y comunitario que ofrecen las salidas pacíficas. Por caso, para volver al Medio Oriente, resignarse a una doble renuncia, a la soberanía indivisa de Jerusalén los israelíes, y los palestinos a que no regresen en su totalidad los hoy refugiados que huyeron de Israel cuando la Guerra de Independencia. Es preciso abrirse a la perspectiva de un nuevo destino.
7. Intensificar la capacidad de empatía, inclinarse cada una de las partes a comprender la posición y los sentimientos de sus contrarios con espíritu amplio y contemplando su eventual composibilidad con los propios. La empatía se liga con el mandato moral de no causarnos sufrimientos unos a otros, mitigar más bien el padecimiento ajeno, y se liga también con el descenso del temor al otro.
8. No ceder al maniqueísmo, prejuicioso y halagador para la autoestima, que condena de antemano al adversario y se constituye así en un fuerte obstáculo para cualquier acercamiento. El maniqueísmo lleva a exagerar la gravedad de los perjuicios que se hayan soportado y a responder “justicieramente” con reacciones desproporcionadas.
9. Desenamorarse de la violencia “heroica” del sacrificio de la propia vida, y no menos del homicidio de otros, por causas patrióticas o ideológicas. Saber decir así no al orgullo de algunas madres de terroristas suicidas “mártires”, que evocan a la romana madre de los Gracos; privilegiar otras alternativas para sostener los ideales que se alientan y confrontarlos honestamente con los del adversario. ¿No nos aúna con él, al fin de cuentas, un común anhelo de justicia? Amparada en ese despiadado heroísmo se extiende una aberrante normalización, se diría, del homicidio, del suicidio y de toda clase de ofensas.
10. Mantener la independencia de juicio frente a la información (tantas veces desinformación interesada, mendaz) que traza una imagen demonizada del adversario y bloquea de tal modo la posibilidad de una real comunicación. Influye en estas facetas discriminatorias de los medios el hecho de que revisten un atractivo sensacionalista, tanto en los textos como en las imágenes de cadáveres o de sangre. Claro que adoptar una postura crítica no es fácil en la era de la comunicación en que vivimos, cuando se nos avasalla con oleada tras oleada de datos que muchas veces no son tales sino invenciones destinadas a manipular las conciencias.
11. Independencia de juicio también en relación a lo que es visto como “políticamente correcto” o “progresista”, ya que en el orden de las posiciones políticas o ideológicas no es infrecuente que rija la esclavitud de la “obediencia debida”. Exige coraje apartarse de las convicciones predominantes en los grupos de pertenencia, que nos forman y nos contienen, y no clamorear con la multitud. Tal acatamiento, como la experiencia histórica lo demuestra, ha conducido a tremendos desastres, a más de la enajenación que implica traicionar la autonomía de la expresión, no atreverse a manifestar lo que verdaderamente se piensa y se siente.
12. Visualizar las consecuencias que conllevan las acciones de beligerancia armada: destrucción, muertes, mutilaciones, perturbaciones psicológicas. No permitirse olvidar que lo que se da en cada guerra es un masivo sufrimiento extendido en el tiempo casi siempre, que castiga a todos los intervinientes, aún en los vencedores.
13. Responsabilidad hacia las generaciones siguientes, esa irrenunciable preocupación que recalca Hans Jonas, alertado sobre todo por los progresos indiferentes a la ética de la tecnología. El filósofo formula de varias maneras el imperativo moral que el principio de la responsabilidad entraña; elijo una de ellas: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”. Esto es cuidar que la acción no ponga en riesgo las posibilidades de desarrollo personal pleno de los seres humanos futuros, y aun antes que eso, que no se ponga en peligro su misma supervivencia. ¿Y quién puede asegurar la supervivencia de nadie sí comprobamos diariamente por los medios que, dos ilustraciones entre tantas otras, China y Rusia se rearman, aumentan sus presupuestos militares (noticia de marzo de 2007), y que el fantasma de una reanudación de la Guerra Fría entre las grandes potencias no termina de abatir su amenazadora cabeza? Para no referirnos a la negativa de Irán de suspender su plan nuclear, desafiando las alarmadas admoniciones internacionales. Se impone el análisis de un tema fundamental, ¿qué constituye auténtico patriotismo, justicia vindicativa anclada en el pasado o empeño por instaurar mejores condiciones de vida para la población del país y la niñez que se ama y residirá en él?
14. Cuidado del contenido y estilo de los mensajes, evitando el lenguaje amenazador u ofensivo. Dice Bertrand Russell en su Ética y política en la sociedad humana que es preciso “mitigar las asperezas de la propaganda oficial (o de los embanderados en una u otra causa, agrego por mi lado) y restablecer las cortesías tradicionales en el intercambio diplomático”. ¡Gran poder de la cortesía!, gran poder del lenguaje, que tanto nos acerca unos a otros como nos enemista, que tanto trasmite valores como se pone al servicio de su tergiversación, que tanto incita a glorificar lo que daña como descalifica posiciones que redundarían quizás en beneficio colectivo. “Heroísmo” patriótico se dice, recordemos, para encomiar homicidios o la autoinmolación, y nunca se alude a la saludable conveniencia de una compartida pusilanimidad por parte de todos los enfrentados, que tanta muerte y destrucción ahorraría. El habla tiende lazos entre las gentes, no nos privemos de intentar la persuasión; enorme bien resultaría para cada individuo cada comunidad y para el mundo todo que las armas callaran y nos oyéramos en cambio unos a otros, aun en los más espinosos conflictos a este difícil logro es indispensable llegar y, digámoslo otra vez, nada justifica en la historia de las relaciones internacionales juzgarlo imposible. Además está comprometida en ello la paz mundial. ¿Quién puede negar una ampliación de las hostilidades que castigan a una región en esta época globalizada en que el efecto llamado “mariposa” no hace sino confirmarse día a día?
15. No dejarse dominar por el temor, que suele deformar hechos efectivos o eventuales cargándolos de una amenaza excesiva, y realista tantas veces.
16. Última en esta lista sumo una actitud que es sin embargo condicionante primero: la valentía de la autotransparencia. Quiero decir buscar en uno mismo los obstáculos que cierran las vías de la paz (irenológicos los llamo, irene = paz en griego) al disfrazar de idealismo la verdadera índole de nuestras motivaciones cuando ellas pueden chocar con las exigencias de la moral al ser en verdad no nobles sino solo egocéntricas.
Las actitudes arriba enumeradas, cuyo influjo juzgo requisito necesario para arribar a diálogos de paz, están condicionadas a su vez, en redes de efecto recíproco, por otro tipo de factores, cuyo variado carácter es muy comúnmente señalado: político-económico, histórico, circunstancial, de tradición cultural. De todas formas algunas al menos de aquéllas son de indispensable presencia.
John Dewey habló de “disposiciones operativas de la mente”. Y sí, es precisamente lo que el panorama actual de la política internacional pide, disposiciones operativas de la mente que, actitud y acción imbuidas por los valores de la paz vayan construyendo un futuro diferente. Es que aunque la evolución de los hechos históricos depende del concurso de muchas causas objetivas, el anhelo y la intención ocupan el puesto principal.
Educación
No se debe educar a los niños únicamente según el estado presente de la especie humana, sino según su futuro estado posible y mejor, es decir de acuerdo con la Idea de Humanidad y con su destino total.
Immanuel Kant
Para que se amplíe el predominio de las actitudes conciliatorias en el procesamiento de conflictos habría de darse un cese progresivo de amenazas y de ataques de hecho. Pero ¿cómo lograr lo uno sin lo otro, qué es lo primero? Todo: fomentar cualquier asomo de atenuación de la belicosidad y a la par ir instaurando o fortificando las actitudes que propician la paz. La vía para alcanzar este logro es la educación, el desarrollo de vastas campañas de educación formativa en los valores de la convivencia que concedan prioridad a la comprensión y el entendimiento entre las gentes, incluidas desde luego las relaciones en el plano internacional. En ello juega una parte la apreciación racional, pero lo crucial reside en la dinámica emocional y valorativa. Los adversarios, convivirán al fin en armonía solo cuando quieran este logro más que la satisfacción de sus reivindicaciones, nacionalistas, ideológicas o de otro género, esto es, cuando su aspiración mayor sea que ellos mismos y sus compatriotas o camaradas ideológicos puedan conducir sus vidas y las de los suyos por rutas no sometidas a las alienantes embestidas de la violencia. Ello representa liberación, que se ha dejado de ser rehén de un pasado de exigencias incompatibles con el reinado de la concordia… y con la eminentemente humana vocación de felicidad.
Al ocuparme a continuación del papel de la educación en la consolidación de relaciones armónicas no tengo en cuenta solo la otorgada en el campo de la docencia formal en establecimientos de enseñanza de diverso nivel, sino también a la que es dable impartir, como de hecho ocurre, en cualquier ámbito donde se reúnen personas que influyen unas sobre otras: instituciones culturales, profesionales, deportivas, círculos de amigos, sindicatos y obviamente en el jalón inicial de todos los traspasos de normas de conducta que es la familia.
Registro ahora, a modo de ilustración, una breve serie de procedimientos aptos sobre todo aunque no con exclusividad, para su empleo en el marco escolar. Comparten el triple objetivo, más o menos acentuada una u otra de sus facetas, de promover la autoconciencia sobre los sentimientos experimentados, abrir a la empatía respecto a las ambiciones, ideales e ilusiones de las eventuales contrapartes y despertar la inventiva para hallar reemplazos o al menos canalizaciones no destructivas de los impulsos de agresión en el manejo de conflictos.
Y otro aspecto a señalar, se refiere en especial a los métodos en los que los educandos asumen roles activos, como sucede en los juegos y en los ejercicios de dramatización: dado que éstos se practican en grupo, se producen muy comúnmente efectos de enriquecimiento mutuo; así, mayor capacidad de atención al coprotagonista, nuevos enfoques conceptuales, más sensibles posturas afectivas.
Claro que los coordinadores deben cuidar también que no cobre fuerza un sometimiento pasivo a las posibles presiones de grupo, en desmedro de la autenticidad de las reacciones de cada participante.
Me limitaré a referirme a cierto número de los procedimientos más empleados hasta el presente, y comienzo con algunos ejemplos de los preconizados por la UNESCO para su aplicación en las llamadas Escuelas Asociadas, según el Plan Experimental de 1953, de deseable extensión a escuelas comunes estatales o privadas. Extraigo los datos al respecto del enjundioso y documentado libro de Esther de Zavaleta Educación para la convivencia (2da edición, 1995).
Se informa en el mismo que en la actualidad existen más de 1.800 escuelas asociadas distribuidas en distintos países del mundo y que en nuestro país suman más de 115. Se recalca la importancia del enfoque pedagógico socioafectivo, ideado por David Wolsk en relación con la idea de paz, sobre la base de prácticas pedagógicas ya utilizadas con anterioridad en establecimientos de enseñanza para la comprensión de las propias motivaciones y con ello la libertad de ser fieles a las reacciones verdaderamente genuinas.
La finalidad específicamente buscada aquí es que a través de juegos y ejercicios experimentales que protagonizan los alumnos conscienticen éstos sus propias tendencias. Así ¿privilegian la competitividad agresiva o los intercambios dialogados en los casos de conflicto? Los comentarios posteriores, según el juego que se haya ensayado permiten explorar sentimientos tales como confianza en el otro, placer de crear juntos entre dos, o por el contrario, en el género de las “pasiones tristes” de que habla Spinoza, rivalidad, inseguridad, pobre concepto sobre las propias dotes, o reacciones semejantes. Todo ello traduce naturalmente las posturas que se asumen por lo común en la vida real, con repercusiones en las relaciones interhumanas; no hace falta señalar que la finalidad última, sostenida en la visión autocrítica que los experimentos favorecen, reside en inducir a los procesamientos de conflictos de tinte conciliatorio, con adhesión a los derechos humanos y al respeto por el otro.
Veamos algunos de los ejercicios que en consignan en Educación para la convivencia. Se trata en “qué es el hombre” de responder a un cuestionario. Divididos en grupos loa alumnos contestan a la pregunta ¿qué es el hombre?, luego a ¿qué es un argentino? (por ejemplo), luego a ¿quién soy yo?
“Negociaciones pacíficas”. Se representan con colores diferentes, dentro de un gran rectángulo, cuatro países distintos. Los alumnos, divididos igualmente en cuatro grupos, eligen un correspondiente canciller y un ingeniero. Como cada país ha de construir largas carreteras hacia la frontera exterior del otro, su canciller debe gestionar permisos de los países que se tendrá que atravesar.
“La cadena del rumor”. Se designan cinco alumnos, cada uno de los cuales, a medida que entra en el aula observa una imagen previamente seleccionada, la que describe al compañero que le sigue, y así hasta que el último expone ante la clase lo que le ha sido trasmitido, comprobándose como se va alterando el mensaje.
La variedad de ejercicios que cabe idear es sumamente alta, y el tipo de cada uno de ellos de una manera u otra permiten explorar (y eventualmente modificar, o aclarar sobre ellos, prejuicios y estereotipos, sentido de responsabilidad, autovaloración y valoración del prójimo, empatía, nivel de aspiración, confianza o desconfianza en el otro. En suma, se echa luz sobre componentes de la gama subjetiva que inclinan a la pugnacidad o a la búsqueda de la conciliación y asimismo el grado de la independencia de juicio.
La UNICEF se ha interesado en el desarrollo de los valores en el aula, por ejemplo con debates sobre la libertad centrados en la actuación de líderes como Gandhi o como Nelson Mandela, promotores de la independencia de sus respectivos países que no recurrieron a la violencia.
Fuera del marco de la UNESCO diversas instituciones y círculos de psicoterapeutas y pedagogos han diseñado ricos repertorios metodológicos, diversificados según edades, lugares de aplicación y tipos de destinatarios. Se ha ido pues más allá de las estructuras de la enseñanza formal, y aunque no siempre específicamente dirigidas a la educación para la paz muchas de esas iniciativas contribuyen a propiciarla, así sea de modo indirecto, al tener por objetivo la madurez de la personalidad.
Una ilustración: se indaga entre los integrantes de un grupo cuales son las actitudes hacia ellos que los gratifican o que, opuestamente, les causan malestar. ¿El objetivo?, incrementar el conocimiento de sí y la aceptación imparcial de las opiniones ajenas.
En una escuela primaria rural (en Francia), se propone a niños de entre 7 a 11 años que envíen por escrito preguntas a personas adultas de su comunidad; entre ellas, ¿si un vecino te detesta, lo detestás también?, ¿amás la alegría?, ¿si alguien se muestra agresivo tratás de calmarlo o luchás contra él?
Serían útiles los debates en instituciones y grupos diversos sobre el tema del armamentismo, enhebrando reflexiones en torno a la responsabilidad de los científicos y técnicos que crean cada vez más poderosos instrumentos de muerte, y de hecho sobre la responsabilidad de todos cuantos, desde sus distintas funciones y grados de colaboración, aportan a esa tétrica proliferación.
En éstos o similares procedimientos se ejercerá casi inevitablemente cierto dirigismo; pues bien, mejor será que los coordinadores sean conscientes de ello y manejen con tacto la cuestión en lugar de soslayarla.
De la totalidad de los arbitrios hasta ahora empleados para mejora de las relaciones humanas que caen bajo mi conocimiento privilegio los recursos del psicodrama, teoría y método ideado por el talentoso y creativo Jacob L. Moreno. Entre las plurales técnicas que incluye son las más eficiente los soliloquios, la proyección al futuro, y en especial la inversión de roles.
Al encarnarse a sí mismos, a personajes de su pasado o de su imaginario o a sus actuales compañeros de ejercitación, los psicodramatizantes se van interiorizando de sus propios movimientos anímicos, ensanchando los límites de su autoconciencia y aprendiendo a escuchar al prójimo, al par que crece su disposición a dar apoyo y a la colaboración constructiva. Muy dentro del espíritu socioafectivo por cierto. Desde el espacio simbólico del aquí - ahora - conmigo de las sesiones, individuales, grupales o institucionales, podrán extenderse esos logros subjetivos al espacio real del afuera y constituirse en fuente de paz social.
Detallo sucintamente las técnicas a que me referí: los “soliloquios” consisten en una exposición oral ante la audiencia psicodramática que pone al descubierto ansiedades, anhelos, propensiones, llevándolos a más profundos niveles de autocomprensión y genera mayor coraje frente a la mirada ajena. En la “proyección al futuro” se procura imaginar las consecuencias del obrar (¿qué pasaría si yo hiciera o dejara de hacer tal cosa?) y se perfilan con más exactitud las metas perseguidas, lo que uno realmente anhela. Y autoesclarecimiento es autonomía, camino hacia ella al menos, y por ende responsabilidad. Por fin, cuando se practica la inversión de roles cada uno de los participantes asume el papel de una de sus contrapartes, habla y actúa desde ese lugar, y de tal modo se le esclarecen motivaciones y sentimientos que de no entenderlos solo suscitarían acaso su suspicacia, intolerancia, hostilidad o desprecio.
Podría pensarse que dos recientes filmes de Clint Eastwood en los que se reflejan acontecimientos bélicos (la conquista del monte Iwo Jima) según los respectivos ángulos de visión de soldados enemigos en la Segunda Guerra Mundial, estadounidenses y japoneses, constituye como un ejercicio de inversión de roles, contribuyendo éste a un común rechazo de la insensatez e intrínseca perversidad de la guerra.
Es porque contemplar un mismo suceso militar desde las perspectivas opuestas de los bandos enemigos permite acceder a la objetividad, permite poner bien a la vista, para emplear palabras del mismo Eastwood en un reportaje que “hubo jóvenes inocentes sacrificados por decisiones de sus superiores que en muchos casos ni siquiera compartían”. ¡Decisiones de enviarlos a la muerte, de hacer que maten a su vez! Las dos películas “escapan de la lógica de buenos contra malos que ha dominado al cine bélico desde siempre. Hoy sólo tiene sentido abordar este género si se está dispuesto a mostrar en toda su dimensión los efectos devastadores de las guerras en los seres humanos y en las sociedades”.
En el campo de la literatura son incontables los aportes a este mismo fin; recordemos dos de ellos entre las obras clásicas: Abajo a las armas, de la baronesa Bertha von Sutter, Premio Nobel en 1905, y el famoso Sin novedad en el frente, de Erich María Remarque. Forman parte de una como vasta campaña de sensibilización ética. Según lo expresó Jacobo Kogan: “Hay algo permanente en las teorías éticas, y es el sentimiento de comunidad… que incluye la compasión por el prójimo sufriente y la disposición a socorrerlo”. Por lo tanto, incluye un “abajo a las armas”.
Existe un muy alto número de asociaciones distribuidas por casi todos los países del mundo que se centran en promover relaciones de paz en el campo internacional, y más ampliamente en el objetivo de contener distintos géneros de violencia entre las gentes o, mejor aún, erradicarla.
Empezar por fomentar la paz interior, la paz en los corazones, no puede considerarse un mal comienzo, pero es preciso continuarlo activamente con el examen de conflictos reales, analizando la posibilidad de que sean resueltos por vías que transformen las contraposiciones violentas en intercambios de ideas, pasando de situaciones generadoras de lucha a otras susceptibles de ser aceptadas por los contendientes. Aunque la dinámica histórica es probable que en el curso de los años vaya modificando hechos y reacciones, dando lugar a nuevos conflictos, lo deseable es que se haya aprendido de las experiencias del pasado y que la formación en la cultura de paz, una axiopsicopedagogía, hagan nacer con frecuencia cada vez mayor empresas que demanden entusiasmo, a modo de lo que William James denominó el “equivalente moral de la guerra”.
Se trata al fin de cuentas de ajustarse a principios establecidos en la declaración de los Derechos Humanos en este propósito de “educar las voluntades”, según las palabras de Juan Bautista Alberdi, quien especifica: “es preciso educar las voluntades si se quiere arraigar la paz en las naciones”. Y de tomar en cuenta en especial la Declaración de los Derechos del Niño, promulgada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1959, en cuyo artículo 10 se estipula: “el niño debe ser educado en un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos, paz y fraternidad universal”.
En cuanto al papel que les toca a los medios, es importante para que los mensajes emitidos ejerzan un influjo benéfico que, venciendo la consabida y corrupta tentación del mayor lucro, se les conceda al menos tanto lugar a los proyectos positivos como a las noticias sensacionalistas que atraen a audiencias mayoritarias. Ética y promoción de la paz se hallan estrechamente unidas, como asimismo, por múltiples ataduras, guerra y codicia.
Y por encima de todo los fines y las normas de la educación para la paz, acordes con la dignidad de la criatura humana, con la justicia que se le debe y con la piedad, constituyen una vía esencial para posibilitar la salud física y psíquica y la dicha de millones de niños y adultos en todos los rincones del planeta, en la dimensión de la plenificación de su condición de personas.
Solo con la participación de centros de irradiación, con la inclusión en los programas de miembros de variados estamentos sociales y difundiendo una docencia que apoyada en el saber psicológico comience muy precozmente, llegará a ser seguida, tal vez, la admonición que formuló Albert Einstein hace casi cien años ya, en su libro Mis últimos años, un mensaje a los intelectuales: “Tenemos que revolucionar nuestro modo de pensar, revolucionar nuestras acciones y tener el valor necesario para revolucionar las relaciones entre las naciones del mundo. Los clisés de ayer ya no sirven hoy y, sin duda alguna, mañana estarán completamente anticuados”.
A mi juicio deberían haberse explicitado específicamente los principios propios de la cultura de paz en la Ley de Educación Nacional dictada en nuestro país en diciembre de 2006. ¿Puede alegarse que se los ha contemplado al quedar establecido entre otros puntos que la educación debe “promover en cada educando la capacidad de definir su proyecto de vida, basado en los valores de libertad, paz, solidaridad, igualdad, respeto a la diversidad, justicia, responsabilidad y bien común? ¿O al afirmar en el Capitulo 3° que se debe "brindar una formación ética que habilite para el ejercicio de una ciudadanía responsable”? No basta ello, sostengo sino se habla expresamente de la guerra y la paz. Aunque tal explicitación no sería compatible con muy generalizadas políticas gubernamentales que de ninguna manera repudian el uso de la fuerza, vinculada con hipótesis de conflicto y por tanto, en uno o en otro grado son armamentistas. ¡Con la congratulante excepción en nuestro continente de la posición de Costa Rica, país que carece de ejército!
Pero todos cuantos se identifican con la causa del progreso moral de nuestra especie deben atreverse a dar pasos decisivos en la dirección que implica el desarme, en el fuero interno y en los hechos. Y sólo si la cultura de la paz forma parte declarada de la transmisión de conocimientos y normas en que consiste la educación resultarán injustificados comentarios como el de Nehru, cuando al ser consultado sobre una encuesta popular sobre si ir o no a la guerra con Paquistán (se trataba de la cuestión de la disputada Cachemira) respondió el entonces primer ministro de la India: “si las relaciones exteriores se manejaran según el criterio de la opinión pública el mundo ya habría desaparecido”.
Posicionarse con sentido humano frente a los más graves asuntos de la política, cooperando instituciones y personas en la medida de sus posibilidades y desde su particular esfera de acción, importa a mi entender un ejercicio de liberación de la inteligencia, que alentada por un sentir de raigambre ética, conduce al hallazgo de salidas constructivas, libres de belicosidad y de estereotipados rencores. Buena parte de los juegos, ejercicios, estímulos a la reflexión y comentarios arriba señalados podrían verse como ilustraciones de tal liberación, en la forma del llamado pensamiento lateral por Edward de Bono. Su meollo, interpreto, quedaría sintetizado en la pregunta: ¿por qué no, por qué no de esta otra manera? Con abordajes distintos de lo acostumbrado se barren atascos mentales y emocionales que detienen las iniciativas fructíferas, y en situaciones de conflicto instigan al tan usual empleo de amenazas y de la fuerza.
Los procedimientos pedagógicos y otros recursos aplicables a la empresa de hacer arraigar el ideal de la concordia en las conciencias, por una parte se nutren del pensamiento lateral, y a la vez influyen sobre éste cuando dan nacimiento concreto a cursos de acción poco transitados.
El modelo de la discusión-choque debe ser reemplazado por el de proyecto afirma de Bono, lo cual exige una “pesada carga creativa”. Más bien salto que carga, diría yo, o revolución, según las palabras de Einstein: “…es imposible aplicar métodos y medidas que en épocas anteriores habrían sido suficientes”. Se trata, para volver a las palabras de de Bono, de “una manera oblicua de presentar ensayos, propuestas y sugerencias”.
También inaugura nuevos ángulos de visión la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples, al postular la existencia de cinco tipos de mente. Destaco entre ellas la “mente ética”, cuyo funcionar se ajusta a principios como la que debe tomar el mando cuando la cuestión a resolver es un conflicto, divida éste a pueblos, individuos o grupos.
El filósofo Edgar Morin aboga en favor del “pensamiento complejo”, que vincula con una “democracia cognitiva”. Esto es tanto el conocimiento del mundo, sujeto al esoterismo de los expertos, como en particular el de los asuntos sociales, exigen romper con el patrón de las ideas “claras y distintas”, reaprender a pensar tomando en cuenta en cambio la complejidad de las tramas que relacionan las partes con los todos en interacciones recíprocas. Los fenómenos son multidimensionales, a la vez solidarios y contrapuestos.
Hace alrededor de una década cobró fuerte resonancia la concepción de la inteligencia emocional, forjada por Daniel Goleman, a quien también se le debe una teoría sobre la inteligencia social.
La inteligencia emocional se suma a la cognitiva, medible ésta tradicionalmente por el cociente intelectual, y se caracteriza en esencia por la facultad de saber sobre uno mismo, en especial sobre nuestros afectos, sobre cómo y cuándo gobiernan ellos nuestro obrar más que la lógica, y por la facultad de identificarse con el dolor del otro. De ahí que en ella radiquen los orígenes de la tolerancia a la frustración y del desarrollo moral.
Por lo que compete a la inteligencia social, se destaca entre sus rasgos la empatía primaria, con su don implícito de saber escuchar al otro.
Desde un enfoque distinto del de la flexibilización del pensar, centradas en cambio en exigencias éticas, se inscriben como aporte substancial al manejo de conflictos la teoría de Karl O. Apel y la de Jürgen Habermas. Resumo en una síntesis brevísima los puntos fundamentales de la ética del discurso. Sostienen ambos filósofos, con matices diferenciales que no hacen a mi interés aquí, que las reglas de la convivencia deben surgir por consenso, de diálogos entre partes a las que se les reconocen recíprocamente iguales derechos y en los que se atienden las conveniencias de todos los afectados por las resoluciones a que eventualmente se arribe. Así pues, respeto por todos, justicia para todos en estos tratos “ideales”, de los que queda descartado el influjo del poder o cualquier manipulación astuta. Es que el punto de partida de tales intercambios comunicacionales es un “nosotros argumentamos”, que al constituir un principio de los regímenes de gobierno representativos, destierra el dominio de nadie sobre nadie.
En dos propuestas que expongo a continuación veo ilustraciones de la orientación hacia caminos originales a que instan las concepciones recién vistas.
La primera fue ideada por el psicólogo Charles Osgood, bajo el nombre de Grit, sigla de Gradual Reciprocal Iniciatives in Tensión Reduction (Iniciativas graduales recíprocas para la reducción de tensiones), y ofrece como solución de situaciones de confrontación un proceso de desescalada de las acciones hostiles y en su reemplazo una sucesión de pasos en favor del acercamiento mutuo, a cargo de los contrincantes o comprometidos en un conflicto efectivo o eventuales hostilidades. Es aplicable por ejemplo a la disminución de armamentos, como el mismo Osgood sugirió ante el Senado de su país durante los años de la Guerra Fría. El filósofo Karl O. Apel concibió un proceso similar para la “formación no violenta de consensos”, meta capital en su teoría ética de la comunicación, como generador de confianza recíproca entre adversarios. ¿No es evidente acaso que el aumento de la confianza se traduce en aminoración de la belicosidad?
Cada paso representa una audaz cabriola mental, ¿por qué no?, plantearse tanto unos como otros: ¿seríamos los primeros en arriesgarnos a dar comienzo a esos prudentes pasos conciliatorios, y si las respuestas iniciales no fueran promisorias, insistiríamos? Uno de los enemigos más formidables de los adelantos es el desaliento.
Adoptan igualmente una perspectiva distinta en algunos aspectos al menos de las contempladas hasta hoy en torno al conflicto específico palestino-israelí, las sugerencias debidas al teorizador de conflictos Johan Galtung, publicadas en un artículo periodístico de fines de 2006. Guiándose por el sentido común, aduce, es necesario armonizar las exigencias básicas de ambas partes, más allá incluso de su reconocimiento recíproco como Estados, y establecer lazos de interdependencia. Asegurarlos requerirá crear dos nuevos organismos: la Comunidad de Oriente Medio y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Oriente Medio. Con mirada tendida al futuro, a la vez que sustentada en ejemplos de acuerdos internacionales que parecían imposibles, concluye Galtung que “ambos Estados podrían convertirse en federaciones… Si el mundo fuera más sensato ya habría comisiones que exploran esa posibilidad”.
El proyecto merece efectivamente un análisis cuidadoso por parte de todos cuantos están en situación de influir en el desarrollo de los hechos. ¿Y quién carece en absoluto de toda influencia, así sea en medida muy limitada? Ideas y sentimientos navegan por este mundo y es difícil calcular en qué mentes y en qué voluntades con poder de modificar lo real terminarán por hallar eco. No se justifica no involucrarse.
Por otro lado creo que en ninguna oferta de argumentar es indispensable que desde el mismo inicio la totalidad de los intervinientes sean impulsados por giros nuevos: uno solo de ellos puede inspirar a otro o a otros, porque está virtualmente en la capacidad de todo ser pensante volar con alas liberadoras por los espacios de la ideación. Hay que atreverse resueltamente a esos vuelos, muy en especial en cuanto al manejo de conflictos, porque acierta de Bono al afirmar que no existe cuestión más importante que ésta para el porvenir del mundo.
¿A quiénes, entre qué edades, en qué ámbitos, con que fundamentación y por cuales vías impartir y difundir enseñanzas de paz e inducir por su intermedio a asumir actitudes afines a ellas?
En todas partes, por variados recursos, a todos: poblaciones, gobiernos, personajes clave, sensibilizando la conciencia pública mundial. Evitar la guerra concierne a la humanidad por entero y a cada país en particular. Más que nunca en estos tiempos de conquistas tecnológicas a la vez de maravilla y enormemente peligrosas si se los destina a fines de destrucción. Decir todos significa propagar esa docencia por los canales de la educación formal desde luego, pero, como señalé ya trascendiendo vastamente ese terreno hacia los de la cultura, del trabajo organizado, de la actividad científica y técnica, de las instituciones religiosas, del mundo empresarial.
En cuanto a la edad de los destinatarios, es preciso iniciar desde años muy tempranos la labor educativa y proseguirla a lo largo de las décadas posteriores de la vida, constituyéndose el proceso en educación permanente.
Con eso está dicho, otra vez, que no existe casi ningún espacio de coexistencia entre las gentes donde no quepa inculcar el ideal de la paz, ir suscitando el afán por instaurarla. Ya los jardines maternales, pasando luego por todas las etapas de la educación organizada, son sitios apropiados para cumplir ese objetivo, que precozmente emprendido dejará huellas duraderas. De ahí que sea tan preocupante, ominoso, el hecho de que a niños en edad escolar se los adoctrine en el mérito “patriótico” de matar a los adversarios, aun a costa de inmolarse a sí mismos.
En imágenes de la televisión palestina retransmitidas a varios países, incluido el nuestro, se ha visto a escolares de muy cortos años blandiendo armas y profiriendo amenazas de ataques contra sus vecinos israelíes y aun contra los judíos en general. ¿Cuanto tiempo tomará corregir tales deformaciones en el alma infantil, que además, como bombas de tiempo, pueden contribuir a desestabilizar aun más la paz ya tan desbarrancada en nuestros días por la pendiente de los choques militares y las embestidas del terrorismo, en el Medio Oriente y en otras zonas del globo? Debería ser cometido especial de la UNICEF ocuparse de que la instrucción en la violencia y el odio dejen de inficionar almas de niños.
Los progresos que se hayan logrado en la inclinación hacia la concordia y los métodos gracias a los cuales se arribe a ellos necesitan de campanas de resonancia; es indispensable el concurso de los medios, que en nuestro tiempo están en condiciones de extender la información en medida nunca conocida en épocas anteriores. Secundarían así la obra de la UNESCO y la de incontables organismos e instituciones que proliferan a nivel mundial para hacer prevalecer relaciones de convivencia libres del empleo de la fuerza.
La importancia de la publicidad fue marcadamente señalada por Kant en Sobre la paz perpetua, aunque recalcando su influjo en los modos de juzgar cuestiones de la ciudadanía, no en el aspecto formativo. Cito: “…las astucias de las políticas tenebrosas serían más fácilmente desbaratadas si la política se atreviera a conceder a los filósofos la publicidad de sus máximas”. No solo a los filósofos, cabe agregar, sino a todos cuantos piensan que la política es supremamente deber de asegurar el bien comunitario. De hecho lo sostiene también Kant; “…la tarea propia de la política es estar de acuerdo con el fin de hacer que el público se sienta contento con su situación”. Y vincula ese contento, que es un derecho público, con los regímenes de paz, paz en cuya vigencia final cree.
“Si existe un deber y al mismo tiempo una esperanza fundada de que hagamos realidad el estado de un derecho público, aunque sólo sea en una aproximación que pueda progresar hasta el infinito, la paz perpetua, que se deriva de los hasta ahora mal llamados tratados de paz (en realidad, armisticios), no es una idea vacía sino una tarea que, resolviéndose poco a poco, se acerca permanentemente a su fin (porque es de esperar que los tiempos en que se producen iguales progresos sean cada vez más cortos)”.
Para terminar con una apreciación más cercana a nuestros días, afirmaba Philip J. Noel Baker, Premio Nobel de la Paz en 1959: “Solo la opinión pública combinada de todas las naciones vencerá la resistencia de los intereses creados, de inmenso poder, que mantienen en curso la competencia armamentista y constantemente aumentan su costo y su impulso”.
A través de mi advocación sobre la relevancia de la educación, resalta su diferencia con la sola instrucción. Ésta, en cuanto a los hechos internacionales concierne, desempeña la función ineludible de informar sobre circunstancias histórico-sociales, económicas, etc., o aun sobre la psicobiología de la agresividad, pero la educación, sin dejar de ocuparse de estos aspectos, apunta a otros fines: como enfaticé, a la instauración o modificación de actitudes sí necesaria, en todo caso a dotar de fuerza a las que permiten florecer los valores de la confraternidad.
Actividades coparticipativas
No es suficiente enseñar los horrores de la guerra y evitar todo lo que estimularía la desconfianza y la animosidad internacional. El énfasis debe colocarse sobre todo lo que une a las gentes en empresas y resultados cooperativos… El carácter secundario y provisional de la soberanía nacional con respecto a la más plena, más libre y más provechosa asociación y trato de los seres humanos unos con otros debe instaurarse como una disposición operativa de la mente.
John Dewey
Un fenómeno sumamente interesante y promisorio que se da en el Medio Oriente entre israelíes y palestinos es la coparticipación, a cargo de individuos o grupos pertenecientes a una u otra comunidad, en tareas conjuntas. Se embarcan en ellas con voluntad de tender puentes de concordia a la par que resultan de las mismas beneficios de interés común.
Añadiéndose tales iniciativas de hecho a las disposiciones propiciatorias y a planes educativos habría de desarrollarse presumiblemente una dinámica de interacción recíproca: las tareas surgiendo de actitudes y a la vez vigorizándolas, así como un interjuego semejante se verificaría con la educación, tanto fuente de armonía como espacio enriquecido por ella.
Veamos ahora una muestra de iniciativas y haceres conjuntos, un panorama multiforme que abarca muy distintos terrenos de los intereses y vocaciones de las dos colectividades. Los protagonistas son árabes palestinos, o de ciudadanía israelí, y judíos israelíes, y las actividades no se llevan a cabo necesariamente en sus respectivas zonas de residencia.
Desorganizadamente expuestos mis ejemplos, no importa ello, porque lo principal es que une a todos un mismo propósito de contribuir a edificar un futuro de convivencia pacífica.
Comienzo con la conocida realización del músico israelí-argentino Daniel Baremboim, la orquesta West-Eastern Divan (nombre inspirado en la creación poética de Goethe). Esta compuesta por jóvenes ejecutantes israelíes y árabes y es producto de una iniciativa de Baremboim junto con el intelectual palestino Edward Said, destinada a poner término al conflicto a través del establecimiento de lazos personales.
También del campo de la música surgieron otras propuestas en ese mismo sentido, y con aplicación más general aún: el músico estadounidense-iraní Fred Nassiri, autor del Himno del Día Mundial (lo dirigirá en Bs. As. en 2007, cantado por niños) ha contactado con importantes líderes mundiales, tales como el papa Benedicto XVI, Shimon Peres, Nelson Mandela, preguntándose, ¿cómo es que si tan destacadas figuras de la política y la religión apoyan la paz ésta es aún un ideal lejano? Es por el miedo explica el músico idealista, miedo que lleva hasta a los países más pobres a gastar en armamentos cifras desproporcionadas de sus presupuestos nacionales. En 2006 el gasto militar mundial, impulsado sobre todo por Estados Unidos, y es cada vez mayor el número de países que desarrollan misiles atómicos. ¿Quién puede sustraerse a la fácil y corriente deducción de que el negocio de las armas, a las que financieramente es conveniente renovar, incrementando las ventas, incrementando las muertes y mutilaciones, es motor de estallidos bélicos? Guerra y afán de lucro siempre han marchado al unísono; un gran entendido, Napoleón, decía que para ganar una guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero. La educación para la paz es a la vez educación contra el armamentismo y contra la codicia.
Agrego una última muestra de vehiculación de la música como arbitrio para fomentar la aproximación entre los pueblos. Ahmed El Saedi, director de música egipcio, en ocasión de conducir en Israel la Nueva Orquesta de Haifa declaró: “cuando yo trabajo con la orquesta nos olvidamos de nuestra nacionalidad, la conexión es entre seres humanos, y en este caso también entre músicos”. Y añadió que la música es una vía para involucrarse por la paz, de “manera pública e inequívoca”.
Sí, pero no basta con amar la música, es necesario compartir la escucha o la ejecución en una experiencia coparticipativa, sentir los adversarios que en última instancia, más allá de sus intereses en pugna, los hermana la aspiración de compatibilizarlos.
Numerosos casos de músicos insignes, comenzando por el mismo Richard Wagner, desmienten la generosa ilusión de que basta con componer, ejecutar u oír música; lo que sí puede fomentar la concordia es hacer música juntos.
Y ¡hay! ni siquiera toda música. La admirable La Marsellesa no nos inunda precisamente de serenidad y tolerancia, sino de marcialidad, y lo mismo otros himnos nacionales, incluido el nuestro, que nos invita a “con gloria morir” cuando es tan bello con amor vivir.
En numerosas y diversificados áreas se dan pruebas de una misma voluntad de poner fin a la violencia; veamos ahora dos casos, conmovedores y ejemplificadores: un grupo de padres dolientes, israelíes y palestinos, cuyos hijos desaparecieron en acciones de guerra, constituyeron el Círculo de los Padres, llenando de nuevo sentido a sus vidas por medio de un obrar en colaboración encaminado a que ningún otro padre deba padecer sufrimientos como los suyos. Entre las iniciativas que acometieron se encuentra el envío de una carta tanto al premier libanés como a su par israelí, cuando la primera Guerra del Líbano, invitándolos a que proclamaran su compromiso con la terminación de las hostilidades y sugiriéndoles algunas otras medidas políticas.
En nuestro país peticionar sumando firmas en relación a asuntos públicos ha sido un proceder usado algunas veces, con éxito reducido en cuanto a la promulgación de resoluciones legales, pero no nulo como medio de información y difusión de propuestas entre la opinión pública. Y así empiezan muchas transformaciones.
Es no menos tocante que la arriba vista la postura del palestino Bassam Aramin, quien después del nacimiento de sus hijos trocó su militancia activa contra la ocupación israelí por la condena de la violencia. Hoy, después de siete años de cárcel por un ataque a un tanque militar, y sobre todo a pesar de haber sido adoctrinado desde la infancia en favor de las agresiones de hecho, integra una organización mixta, Combatientes por la Paz. La forman 120 ex-soldados israelíes y ex-activistas palestinos que buscan “terminar con la ocupación sin usar las armas”. Trabaja además en el Centro Peres para la Paz. Fundado éste por el premier israelí Shimon Peres, sus miembros organizan actividades y encuentros de diversa índole, algunos de los cuales menciono más adelante.
Otro hecho esperanzador, en el intercambio, esta vez, entre personas y personas: una familia palestina dona los órganos de un hijo muerto en un encuentro a un niño israelí, acto de solidaridad que recibe muy expresivas muestras de reconocimiento. Sumemos que según una noticia aparecida en una publicación catalana, “El periódico”, varios meses atrás, “investigadores palestinos e israelíes trabajan en equipo para transformar peces hembras en machos. Científicos procedentes de las universidades Hebrea, Al Quds y Hohenheim (Alemania) cooperan en una investigación para alterar la estructura metabólica del pez hasta que el animal cambia de sexo. Con este experimento los científicos israelíes pretenden mejorar la piscicultura de su país, y los palestinos, incentivar el consumo de pescado, ya que el espécimen macho es más grande, crece más rápido y pesa alrededor de tres veces más que el de la hembra”.
Independientemente del valor científico y económico de esta investigación importa la circunstancia de que implica una colaboración que por sí misma debe de ser despejadora de prejuicios, animosidades y demonizaciones mutuas.
Para terminar con la exposición de muestras de voluntad de entendimiento que se alzan contra el odio: en un teatro de Tel Aviv se representará dentro de algunos meses, interpretada por un elenco de nacionalidad mixta, una obra cuyo argumento se centra precisamente en el tema de la convivencia.
Especialmente auspicioso sería que se multiplicaran equipos binacionales de políticos e intelectuales para estudiar las perspectivas de paz y elevar propuestas, como por ejemplo las formuladas por el Centro Arik, sumamente fecundo en innovadores proyectos. Y existe desde hace décadas el movimiento israelí Paz Ahora, surgido después de la Guerra de los Seis Días, de 1967. ¿Se justifica descartar que movimientos similares se vayan organizando en el lado palestino? Como vimos, aún en medio del belicismo pueden surgir propósitos en otra dirección.
Lo refrenda, en nuestro continente, un hecho histórico. Durante la Guerra de la Triple Alianza, de 1868 (Argentina, Brasil, Uruguay), contra Paraguay, un grupo de militares combatientes de los distintos bandos desertó de sus filas, combinando entre todos un plan de pacificación. En el pliego de la Declaración de Paz que redactaron se maldice la guerra, “juego peligroso entre dirigentes que apuesta vidas humanas en lugar de gallos para medrar a costa de la sangre ajena”.
El afamado novelista Amos Oz apela en especial a los escritores. Así, en el curso de una entrevista decía que la responsabilidad de quienes manejan la palabra como instrumento capital de su hacer se potencia por el hecho de que conocen el gran instrumento que significa el lenguaje. Saben que “donde palabras llenas de odio sean blandidas como un hacha contra ciertos grupos de seres humanos, no tardará en aparecer un hacha verdadera. El escritor puede ser el vigía del fuego del lenguaje, o al menos el que denuncia la existencia de humo. Puede, y por lo tanto debe. Además los escritores imaginan, están especialmente preparados para preguntarse a sí mismos sobre sus personajes: ¿qué sucedería si estuviera en él? ¿Y si estuviera en ella? Sin ponerse en la situación de otra persona, en su piel, no se puede escribir ni siquiera un diálogo elemental. Identificarse con el otro, no necesariamente amarlo. No necesariamente estar de acuerdo con él. No necesariamente sostener sus opiniones. Sólo, de tanto en tanto, imaginarse que uno ocupa el lugar del otro”. Y afirmando con hermosa esperanza que el día de la paz está “ya mucho menos lejos de cuanto se pueda esperar”, explica también, “entonces estaremos en condiciones de incluir entre los constructores de puentes para la paz a un grupo de escritores israelíes y palestinos que no han cesado ni un momento, aun en medio del fuego, de la sangre y de la rabia, de identificarse con el otro y de preguntarse a sí mismos: ¿qué pensaría, qué sentiría yo si estuviera del lado opuesto?”
El ya mencionado Instituto Arik, fundado por el padre de un soldado caído en acción, es propulsor de una notable cantidad de actividades, entre los cuales destaco la formación de un grupo de más de veinte académicos y pedagogos palestinos para que sean oradores en un programa de conferencias. Se cuida que se dirijan a sus audiencias israelíes en un estilo atento a no suscitar automático rechazo.
Vuelvo al terreno del arte, cinematográfico ahora, refiriéndome a un proyecto originado fuera de la región en conflicto. Se debe al director y productor Steven Spielberg y consiste en hacer filmar películas documentales a sendos grupos de niños palestinos e israelíes, entre quienes se distribuirán por igual 250 cámaras cinematográficas para que den realización al plan.
Esto declaró Spielberg: “quiero que hagan películas, no la guerra. Los jóvenes estarán ocupados filmando en lugar de tirando bombas, y serán capaces de ver la vida del otro lado (del conflicto) y aprender que todos somos seres humanos que queremos vivir en paz”. Los contenidos de los filmes reflejarán episodios del transcurrir de la vida cotidiana de los precoces realizadores, especie de diarios en forma de película y redundarán, se espera, en el establecimiento de “lazos interpersonales entre palestinos e israelíes”.
Solo unas cuantas ilustraciones que agrego bastarán para certificar que más allá de las decisiones gubernamentales o de grupos extremistas son muchos los segmentos de las ciudadanías que se comprometen en el propósito de poner fin a los choques armados he iniciar una era nueva.
Nombré arriba el Centro Peres por la Paz, que patrocina entre una gran cantidad de proyectos talleres conjuntos de periodismo o de adiestramientos técnicos; y un antecedente interesante: en la década del 70 el profesor de pedagogía Abraham Benjamín coordinó talleres operativos entre adolescentes árabes y judíos residentes en la ciudad de Haifa para que debatieran sobre las perspectivas de solucionar el largo enfrentamiento.
Dentro del campo de la salud mental, desde los años 50 ya el grupo Imut, organización palestino-israelí, promueve acercamientos a través de métodos psicoterapéuticos o de psicoprevención, explorando los factores irracionales que operan en la actual situación de conflicto. El proyecto es favorecido por la Facultad de Psicología de Tel Aviv aunque no, no aún esperemos, por una mayoría de los psicoterapeutas.
A esta altura de mi exposición no tengo por qué repetir que juzgo inomisible un abordaje psicológico o psicosociológico en todo esfuerzo por arribar a convenios entre adversarios, por hondas que sean sus divergencias. Y en efecto, las actividades y proyectos en colaboración entre miembros de comunidades en discordia de los que ofrecí arriba una selección de casos brotan de una disposición anímica, no de imposiciones de la realidad. Además constituyen miniensayos de buena convivencia que desde las bases de las ciudadanías pueden ejercer una especie de presión sobre los gobernantes para que asuman políticas de acercamiento mutuo. Una orientación socioafectiva como la que preconiza la UNESCO debería instruir sus decisiones es lo que les están comunicando con su actuar. No puede dejar de hallarse cierto espíritu común en todos esos movimientos constructivos y la experiencia realizada, décadas ha, por el matrimonio de los psicólogos Sherif con dos grupos de adolescentes divididos por rivalidades deportivas. Los púberes casi no se hablaban entre sí, hasta que en una situación ideada por los experimentadores debieron acometer una tarea que importaba a todos ellos. Aparentemente un camión que transportaba alimentos hasta el campamento había quedado atascado y los dos grupos tuvieron que coordinarse entre sí para salir de la dificultad. Y bien, después de la obligada cooperación la mutua hostilidad que se manifestaban fue sucedida por relaciones de compañerismo.
Entre el pueblo palestino y el israelí la meta de beneficio para ambos es acordar la paz, y los emprendimientos en que colaboran miembros de uno y otro representan avances hacia ella; deben convertirse en clamor que los tomadores de decisiones no puedan dejar de oír, los tomadores de decisiones oficiales y no menos los grupos de ideología fundamentalista, de seudo patriótica intransigencia en su odio.
¿Es de deplorar que los medios concedan tan poco espacio comparativamente a las tan bien inspiradas iniciativas como las que vimos, resaltando en cambio las noticias sobre ataques y represalias, represalias y nuevos ataques? Privilegian en la información a los energúmenos de la violencia y así dejan en la penumbra los pensamientos y el obrar de la esperanza. La esperanza que quieren mantener viva padres y padres, madres y madres, terapeutas y terapeutas, artistas y artistas, científicos y científicos, gentes del deporte, ¡hasta cocineros y cocineros!, dedicados a haceres en colaboración.
A ellos los honores de superar la aversión y tratar por el contrario de defender perspectivas de vida valiosa para todas las gentes que habitan esa porción del Cercano Oriente; señalan modelos al mundo.
En relación esta vez no con la regulación de conflictos entre naciones, sino con acercamientos confesionales, es alentador que éstos sean cada vez más frecuentes en la Argentina, como seguramente en otros países. Las celebraciones de actos, artísticos o deportivos sobre todo, con la participación de integrantes de distintas religiones que expresan así la concienciación de su copertenencia a la familia humana, se multiplican. Como dijo uno de los entrenadores durante una competencia de voley, en 2006: “Será más difícil que estos chicos, cuando sean adultos, fomenten la guerra por motivos religiosos”.
Se han creado asimismo, dentro de un idéntico alineamiento en la concordia y la aceptación recíproca, organismos permanentes, como la orquesta interreligiosa Armonía, que tiene proyectado ofrecer conciertos en iglesias, sinagogas y centros islámicos. Fue fundada por iniciativa de la Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso del Arzobispado de Buenos Aires, y avalada por la fundación Kinor (judía) y por Daniel Baremboim.
Siempre en el terreno del conflicto palestino-israelí, en forma paralela a los designios que he mencionado se han ido dando procesos de negociación y mediación, procedimientos clásicos para el manejo de conflictos. Han sido unos cuantos a lo largo de los más de cincuenta años de enfrentamientos que separan a los dos pueblos en discordia; solo que hasta ahora no han rendido fruto.
Es casi seguro que uno de los principales determinantes de los fracasos reside en el hecho de que no fueron suficientemente ventiladas las resistencias de fondo que alientan en los protagonistas, no fueron preparados los ánimos para superarlas. Aquellas incluyen, dentro del orden de los egoísmos, el temor a perder liderazgos que en tiempos de paz carecerían de funcionalidad, simple corrupción ligada con el comercio de armas y otras ventajas económicas, pero junto con ello opera el temor mutuo y el influjo de determinantes no siempre conscientemente admitidos. Es que se procura compensar frustraciones que en la adhesión a una causa hallan su catarsis. Una adhesión acrítica y maniquea, carente de la magnanimidad del verdadero patriotismo y que empantana las situaciones.
La mediación es el procedimiento por el cual un tercero procura generar un acuerdo entre partes en disputa. Se diferencia de la negociación por cuanto ésta consiste en intercambios directos entre los involucrados. Cabe decir que la mediación es una negociación asistida.
El mediador procura mantenerse en una posición neutral en el interjuego y ayuda a los protagonistas a clarificar sus propias propuestas y a sopesar soluciones nuevas. Toma en cuenta que los factores afectivos desempeñan un papel importante en tales interacciones y fomentar la empatía puede contribuir significativamente a bajar el nivel de los impedimentos emocionales.
Claro está que si se acepta una mediación o si hay disposición a negociar es porque se ha renunciado, en principio al menos, a las pretensiones extremas, con lo que se posibilita la aceptación de recursos no agresivos para poner fin al diferendo de que se trate.
Más sobre este tema es expuesto más adelante, por una experta.
Conclusión
Son mis voces cantando
para que no canten ellos…
Alejandra Pizarnik
Quizás no sea demasiado esperar que llegará el día en que el honor de las naciones deje de ser medido por su disposición a infligir masacres
Bertrand Russell
Imagina a toda la gente
Compartiendo todo el mundo
Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo será como uno
John Lennon
Me ocupe en estás páginas, siempre dentro del enfoque de dejar atrás rencores y culpabilizaciones, del tema de sellar convenios que lleven a la paz entre pueblos enemigos, un arduo camino pero que es indispensable recorrer (o retomar cada vez) con resolución firme.
Así, señalé como tramos del mismo -jalones sucesivos o avances simultáneos- la asunción de actitudes propiciatorias, el recurso a la educación para implantarlas y la incentivación de proyectos e iniciativas de coparticipación en muy distintas actividades. Indiqué asimismo la conveniencia de entablar negociaciones y acudir a mediaciones, sin desmayar si durante lapsos prolongados son escasos los resultados que se vayan cosechando.
Manejar con sentido de futuro los conflictos que nos dividen es una de las principales responsabilidades que debemos asumir mujeres y hombres, incluyendo en primer término la de optar por la violencia de las armas o contrariamente por el diálogo, en el campo de los disentimientos internacionales o de los disentimientos internos dentro de un país. En ello el influjo de factores afectivos resulta capital, pues anhelos, ambiciones, odios y temores -arraigados comúnmente en viejas tradiciones- tiñen la interpretación de las circunstancias objetivas. Es prioritario aprender la paz, tal es la idea fuerza, y en los parágrafos anteriores puntualicé lo que considero adelantos en ese aprendizaje.
Hay que triunfar sobre el temor recíproco y también sobre el rencor que inevitablemente lo acompaña. ¿Llamaríamos perdonar a la actitud de superar el rencor? Acaso, pero se nutre sobre todo de ese amor y responsabilidad por los que nos seguirán que significa proporcionarles una existencia de paz, sin que malgasten sus días en odiar, sino que los empleen en amarse a si mismos y amar.
Y se nutre igualmente de empatía, esa disposición que permite desde polos opuestos comprender que los adversarios sufren no menos que uno y también se sienten víctimas de la injusticia.
Me permito poner en palabras un sueño alocado: que los países hoy en conflicto, gobiernos y ciudadanías, se exhorten mutuamente a abordar en colaboración la finalidad de hacer nacer la concordia, y que la energía puesta en ello los convierta en comunidades ejemplares. En las antípodas del nacionalismo miope y airado.
Para beneficio mutuo y, más ambiciosamente, para contribuir con esa energía a paliar los tan inquietantes problemas que acosan hoy a la humanidad. Desde los ecológicos hasta los de la justa distribución de la riqueza, desde el cuidado universal de la salud hasta la protección de la infancia, desde poder garantizar para cada persona el cumplimiento de su vocación hasta el ejercicio de la libertad de opinión y expresión en todos los países, desde la guía de una perspectiva ética en su quehacer por parte de los científicos y técnicos, hasta posibilitar el goce para todos los humanos de las bellezas de la naturaleza y del arte.
Todo ello significa obedecer a un mandato eminentemente moral de dar vida a la fraternidad. Diversas situaciones colectivas o individuales pueden amenguar ese don, y al ser amenguado caen las naciones en guerras o bandos políticos en el terrorismo, los más extremados males entre tantos otros que nos inferimos.
La guerra, como la calificó pocos años a un pensador, representa “la más estúpida y criminal expresión de la locura y la crueldad”. Para que el ser humano brille con la luz que le es privativa de rey espiritual de la Creación, un rey compasivo y auxiliador con sus congéneres, con el hábitat donde mora y consigo mismo, resulta imperativo irradicarla.
Poco de nuevo en lo que he venido afirmando; prácticamente todas las religiones y los sistemas de ética filosófica hablan en esta forma del amor; lo acaso un tanto diferente radicaría en que subrayo la función transformadora y motora de estrategias de una psicoaxioeducación liberadora, insoslayable para que se efectúe un magno giro hacia la humanización de la vida política y social. Siguiendo “la piedad natural del alma”, según la expresión de Malebranche.
Un gran desafió enfrenta hoy a la comunidad global: lograr que prevalezcan las resoluciones pacíficas de conflictos, en particular en el campo internacional. No dejemos de alentar las proposiciones de concordia que se vayan forjando ya en el presente, y para el futuro no dejemos de extender la docencia de la paz, con el objeto, no irremediablemente utópico sino tan solo muy difícil, de que la belicosidad prepotente e inmisericorde sea reemplazada por el compromiso dialogante, argumentativo dirían Habermas y Apel. De ello depende la felicidad real de los pueblos, la que persigue el patriotismo que pone su fervor en las gentes, no en posesiones. En las dirigencias equivale a considerar su principal timbre de honor construir escenarios donde cada ciudadano, pueda evolucionar hacia su más auténtico sí mismo en el ceno de una sociedad justa.
Un tortuoso corredor separa el ideal sionista de “retorno a Jerusalén”, de cumplimiento necesario después de la Segunda Guerra Mundial, y el ideal palestino de autonomía nacional entre el conglomerado de los países árabes del Medio Oriente; ni judíos ni palestinos sopesaron la fuerza de sus respectivos ideales, y ahora deberían perdonarse mutuamente, al par que, liberándose de suspicacias, marchar por ese corredor hasta lograr que ambos movimientos dejen de resultar incompatibles. Sería marchar en la dirección de la exigencia que formuló Benjamín Franklín en el siglo XIX: “es necesario que el hombre pueda pisar cualquier tierra y decir ésta es mi patria”.
Atacarnos unos a otros, en cuerpo o en alma, nos extraña de nuestro verdadero ser; debemos resistir los llamados de la violencia, cuya obtusa idealización se expande hoy en tantos ámbitos y bajo muy variados pretextos, para progresar en cambio hacia la plenitud de ser personas, por los senderos de una cultura de paz.
Bibliografía sumaria
Aisenson Kogan, A., Resolución de conflictos, México, F.C.E., 1993.
Jonas, H., El principio de la responsabilidad, Barcelona, Herder, 1995.
Kant, Immanuel, Sobre la paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1998.
Russell, B., Ética y política en la sociedad humana, Buenos Aires, Hermes, 1957.
Zavaleta, Esther de, Educación para la convivencia, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1995.
lunes, 24 de septiembre de 2007
Actitudes de paz en tiempos de guerra
ACTITUDES DE PAZ EN MEDIO DE UNA GUERRA
Por Alejandro Maciel.
En un mundo convulsionado por tormentas de belicismo que soplan por aquí y por allá, que cuando se extingue en un rincón se incendia en dos más, no es fácil escribir sobre la paz. Sin embargo trataremos de vincular este tema con el periodismo, la TV, la educación y la literatura.
¿Qué es la paz? La paz no es solamente la ausencia de guerras sino la presencia de justicia en el sentido profundo, filosófico y hasta ontológico (no temamos usar términos suntuosos cuando hablamos de paz) dentro de una sociedad que hoy es global. Pero esta paz se construye o se destruye gradualmente en el rebaño humano desde que nacemos, crecemos, aprendemos y actuamos. La educación es un punto clave, con una educación sistemática que oriente hacia la solución racional de los conflictos no podría haber guerras, ni violencia ni pandillas. ¿Y qué es educación? Educación es todo aprendizaje socialmente útil[1]. ¿Y qué es aprendizaje? Aprendizaje es todo cambio de conducta interna o externa que se debe a una experiencia y se refuerza con la práctica. Cambio de conducta interna señala que después de un aprendizaje el sujeto o la mujer que aprendió no manifiesta externamente nada, no observamos ningún cambio físico pero su actitud ha sufrido una transformación si aprendió de verdad algo nuevo. Por ejemplo, alguien que acaba de aprender las normas de tránsito por medio de la experiencia, al terminar de aprender parece ser la misma persona pero una vez al frente de un volante tendrá otra conducta si verdaderamente aprendió, es decir si entre la entrada y la salida del aprendizaje hubo un cambio de actitud. ¿Y qué será esta cosa llamada actitud? La actitud es un complejo sistema tripartito que incluye:
a) Un componente cognitivo, intelectual que es la creencia (datos acerca de objetos, personas o hechos, opiniones personales que han sido aprendidas socialmente) por ejemplo “una cosa somos nosotros, otra los extranjeros”.
b) Un componente afectivo, esto es sentimientos frente a dicha creencia que me invoca simpatía o repulsión; puedo sentir a los extranjeros como personas por las que siento deseos de comprender, ayudar, solidarizarme con su situación pensando que si migraron, tendrán muchas necesidades y carencias por las que siento empatía, “me pongo en su lugar” y trato de facilitarles alguna ayuda. En la otra vereda, puedo sentir rechazo, temor, ideas acerca de la competencia que creo desleal por las fuentes de trabajo que los extranjeros vienen a ocupar sin derecho dejando a los naturales en desventaja. “Los extranjeros son peligrosos” será el sentimiento guía de dicha actitud paranoide que muchas veces, por esas trampas de la fe que tiene nuestra mente, son foco de proyección de otras frustraciones y fracasos personales que usan al extranjero como chivo expiatorio.
c) Un componente conductual, la actitud lleva en sí una tendencia a actuar de tal o cual forma acorde al marco de dicha actitud. De una persona con una actitud hostil hacia los extranjeros no podemos esperar algarabía y muestras de atención y mucho menos solidaridad cuando se encuentre frente a un grupo de forasteros en situación de desventaja. El repertorio de conductas se reduce a la forma pasiva hostil (no hacer nada, no facilitarle las cosas a los emigrados, es decir abstenerse de ayudar) o actividad adversa (dificultarle las cosas, entorpecer su inserción social negándole un puesto de trabajo, por ejemplo) y en este caso ya entramos en el terreno de la discriminación que afortunadamente está prohibida por ley. Pero todos sabemos que hecha la ley, hecha la trampa. De nada sirve normatizar el final de la cadena (prohibir discriminar) si no mejoramos la base en la que asienta la discriminación, esto es, la actitud.
¿Qué actitud hemos desarrollado como sociedad hacia la guerra y la violencia? Si es verdad que la TV es la vidriera social, desde los comics infantiles, a las llamadas “películas de acción” y hasta las tiras televisivas supuestamente humorísticas, la violencia está aceptada cuando no fomentada como forma de convivencia. La violencia es una forma de comunicación, un lenguaje según los códigos de los mass media. Está bien que la TV no lo es todo, que una buena provisión de lecturas puede volver a poner las cosas en su lugar pero ¿cuánto lee la gente habitualmente? ¿No hemos perdido paulatinamente el hábito de aprender leyendo? Está demostrado taxativamente que la lectura es la forma del aprendizaje más completa por los mecanismos cognitivos que en ella intervienen, pero si comparamos las horas/televisor frente a las horas/lectura de un niño o niña o adolescentes promedio en la sociedad actual la televisión gana por goleadas. Es decir, prevalece el modelo de solución de conflictos que vemos en TV utilizando alguna forma de furia, que puede ir desde la violencia verbal (insultos, gritos), psicológica (amenazas, denigración del otro) y físicas con un repertorio tan amplio que no alcanzaría este libro para describir; pero los invito a ver en la TV o el cine directamente y cerciorarse por ustedes mismos.
Ahora bien, la actitud hostil frente a personas o grupos que creo amenazantes o inferiores es la madre de los prejuicios. ¿Qué es un prejuicio? Es una actitud injusta, errónea e intolerante basada en temores profundos e inseguridades y recelos personales (y/o colectivos) que es devuelta hacia alguien de afuera quien desde ese momento se verá como peligroso, amenazador y alarmante y que trataré (o trataremos) de neutralizar lo más rápidamente posible. El prejuicio no es racional, al contrario es casi el sello típico del fanatismo que por definición, es irracional. Si fuese racional sería una convicción: “no hay que matar”, por ejemplo es una convicción basada en la reflexión acerca de las experiencias de crímenes que conocimos y no deseamos volver a repetir.
Gordon Allport fue el primer autor que postuló el fracaso personal o colectivo como la base que gestiona la agresión interna que sale a buscar un foco de conflicto a quien echar la culpa de nuestras propias incapacidades. El prejuicio siempre opera de arriba hacia abajo en la pirámide social; el que está o cree estar en situación más ventajosa oprime y reprime al que está más necesitado. Es por tanto de índole canalla y miserable y tiende a crear desequilibrios sociales. T. Adorno (1950) propuso otra fuente de prejuicios en las personalidades autoritarias, rígidas, convencionales, sujetas a la letra de las normas más que a su finalidad; los autoritarios quieren imponer lo que consideran “la verdad” en forma coactiva e intolerante a cualquier alternativa. Como operan en base a simplificaciones y generalizaciones frecuentemente caen en razonamientos prejuiciosos y como no están abiertos al diálogo (¿cómo estarlo, si creen tener la verdad de su parte?) no pueden entender otras razones y se cierran en sus principios hasta el fin.
Hay una tercera alternativa (y una cuarta y una quinta pero como Occam está abriendo su navaja, mejor cortemos nosotros) que nos lleva a razonar de este modo: si la discriminación es hija del prejuicio y éste es hijo de las actitudes; debemos observar dónde se originan las actitudes. Y sabemos que nacen dentro de la personalidad que, según el psicoanálisis, está formada por el repertorio de mecanismos de defensas inconcientes que utilizamos en forma automática. Hay mecanismos maduros desde el punto de vista evolutivo y hay otros más primitivos y perjudiciales. La proyección es perjudicial porque tiende a descargar nuestras culpas o errores o miedos en un objeto o sujeto que nada tiene que ver con nuestros conflictos pero justamente, el mecanismo económico que persigue es librarse de tener la basura en casa regalándosela al vecino sin que éste lo advierta. Es muy barato pero muy perjudicial para la vinculación social. La identificación proyectiva es más sofisticada y por tanto más perjudicial. La negación que está en la base de ambos, es nociva: primero debo negar que el fracaso y el disgusto es mío antes de proyectarlo al prójimo. Hay elementos de índole narcisística que impiden reconocer errores en mí mismo, ya que el declararlos abiertamente implica una herida al Yo que es tan susceptible; entonces el Yo no encuentra mejor recurso que mentirse (negar que me equivoqué, negar que fracasé) pero como el error está presente, se lo endilgo a otro, preferentemente un grupo o persona vulnerable y que está en desventaja para evitar que su defensa sea efectiva. Este Yo interior se mentirá, será inconciente pero no es tonto.
Ahora la cuestión debe replantearse: convengamos que existe el fracaso personal en una sociedad tan competitiva en la que no todos pueden llegar a la primera meta, que esto acarrea el remordimiento, la idea de culpa o la frustración; aceptemos que existe la personalidad autoritaria que necesita imponer sus códigos que cree verdaderos y obligatorios (muchas veces de base religiosa dogmática) para sentirse en equilibrio y orden, admitiendo todo eso, ¿por qué la reacción primitiva ante el obstáculo es la violencia en el ámbito individual y la guerra en el ámbito colectivo? ¿No será que la base educativa está fallando? ¿No será que estamos aprendiendo algunas actitudes erróneas? En un mundo donde todo es competencia por ser el mejor, la más linda, la más delgada aunque anoréxica, los más inteligentes, los más fuertes, los más metedores de goles, los más aventajados gimnastas, ¿qué lugar le reservamos a los 9 restantes que no alcanzaron el primer puesto? ¿Es la competencia sistemática una forma de convivencia? ¿No está demostrando con el fútbol que esa competencia feroz fácilmente genera bandos enfrentados que llevan a formas de violencia incontrolables? Es que está en juego nuevamente el Ego narcisista ampliado al grupo de referencia que lo refuerza. “Soy del club A y todos los del club B son enemigos” me decía un hincha a quien entrevisté en radio. ¿Por qué enemigo? El fútbol es un deporte, no un campo de batalla; pero el Ego amenazado (si perdiera vería descender su estima frente a todos los demás camaradas que están de testigo de la derrota, por eso es inadmisible un fracaso y los ánimos se encienden más cuando juegan seleccionados nacionales porque en la imaginación de ese grupo anómico, está jugando la patria, el escudo, la bandera (se canta el himno nacional antes del partido) y una serie de valores abstractos que se consideran sagrados y no deben ser mancillados con el triunfo del “enemigo” (ya no adversario) ¿No conspira esta depravación de la competencia contra la solidaridad? ¿No educamos competitivamente en los colegios y escuelas donde exhibimos cuadros de honor, notas, calificaciones? ¿No estaremos convirtiendo al proceso educativo en una motivación negativa? Lo que el conductismo (el premio, las notas) vio como estímulo puede convertirse fácilmente en obstáculo y desinterés para quienes no alcanzan los famosos “objetivos” de la enseñanza.
Sin embargo, aún en las más extremas situaciones de desaliento el espíritu humano da ejemplos maravillosos en la preservación de la paz como el bien supremo de la gente. Para ejemplificar necesito que me acompañen desde el campo de las generalizaciones a un caso en particular: la Guerra de la Triple Alianza organizada por Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay en 1865. Una mala idea desde todo punto de vista. Lo que según las previsiones del presidente Mitre duraría 3 meses, tardó 5 años. La Guerra tuvo un observador en sir Richard F. Burton quien escribió un libro dedicado a Sarmiento: “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” donde menciona un hecho admirable en medio de esta campaña por mantener la paz a todo precio. En el prefacio del libro (novela) que escribimos sobre el tema cuatro autores sudamericanos traté de avisar esta noticia para el siglo XXI. Transcribo el Prefacio y luego un fragmento del capítulo argentino de la novela. El capítulo uruguayo lo escribió Omar Prego Gadea, el paraguayo don Augusto Roa Bastos y el brasilero, Eric Nepomuceno.
PREFACIO DE “LOS CONJURADOS DEL QUILOMBO DEL GRAN CHACO”
Desde el 11 de agosto de 1868 y hasta el 21 de abril de 1869 el cónsul itinerante de Su Majestad, el capitán sir Richard Francis Burton escribe veintisiete cartas desde los campos de batalla del Paraguay como observador, que es decir espía, mediador, cronista, explorador, frenólogo, estratega, historiador, geógrafo, sociólogo, urbanista. Toda la visión de la vieja Europa de los siglos XVIII y XIX se trasplanta en la convulsionada Sud América, donde las dictaduras suceden a las montoneras, las anarquías a las asonadas. Ya no hay revoluciones. La misma superstición malgastada de repúblicas sembradas en un desierto de ideas regado con sangre, se convierte en rehén de grupos, corporaciones, estancieros y sátrapas de baja monta, que se disputan un poder siempre tambaleante, donde todos desconfían de todos, sin llegar a conformar un gobierno; que es decir instituciones que sostengan el equilibrio del poder.
El 1º de mayo de 1865, a causa de que las tropas del presidente Solano López habían cruzado por unos potreros supuestamente argentinos, se firma el “Tratado de la Triple Alianza ofensiva y defensiva entre el Imperio del Brasil, la República Argentina y la Banda Oriental contra el gobierno del Paraguay”, iniciando oficialmente la Guerra del Paraguay, Guerra Grande o Guerra de la Triple Alianza, que se extendió hasta el 1º de marzo de 1870. En medio de la devastación y la locura, cuenta el capitán Burton en la carta XXIII que “del lado opuesto del Río Paraguay, el del Gran Chaco, se ha fundado un amplio quilombo o establecimiento de fugitivos, donde brasileños y argentinos, orientales y paraguayos viven juntos en mutua amistad y en enemistad con el resto del mundo y la guerra”.
Entrando en el siglo XXI, cuatro autores de las cuatro naciones que se vieron envueltas en ese conflicto volvemos a escribir –como lo hizo sir Richard Francis Burton– las crónicas de una guerra que se azuza con el asesinato de dos presidentes (Venancio Flores de la Banda Oriental en 1868, y Francisco Solano López del Paraguay en 1870) y en la que oscuros intereses sobrevuelan como buitres los cadáveres de nacionalismos convertidos en fanatismos suicidas. Sir Richard se perdió en el espacio, las pampas y los pantanos extraños a su Inglaterra reina de los mares. Nosotros estamos perdidos en el tiempo y esa errabundia de las escrituras es al mismo tiempo virtud y defecto. Más fácil que hacer la historia de los hechos (no somos historiadores) es historiar lo deshecho. La guerra exterminó casi una generación de paraguayos, arrasó pueblos, fortificaciones e hipotecó el futuro de la arruinada nación. Hasta hoy no hay un argumento racional para explicar cuál fue el casus belli. El Paraguay se convirtió en el pandemónium de Milton, tal vez por eso el brigadier general y comandante del Ejército Aliado, Bartolomé Mitre, empezó a traducir el “Infierno” de la Divina Commedia en su tienda de campaña.
Nunca nadie ha ganado nada en ninguna guerra. Los oficiales de las cuatro naciones que desertaron de la contienda para formar el Quilombo del Gran Chaco también estaban perdidos en el tiempo, pensando por adelantado lo que todavía no ha sucedido hasta este ocaso del segundo milenio; perdidos como seguimos nosotros, pensando en un porvenir donde el militarismo, los ejércitos, las fronteras y las armas hayan pasado a ser patrimonios del archivo de la Historia.
Alejandro Maciel, Asunción, diciembre 2000.
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Antes de transcribir un fragmento del capítulo argentino me gustaría detenerme en esta frase de Roa Bastos porque es muy significativa para comprender los propósitos de esta novela:
“La historia no tiene final. Desde el principio de los tiempos siempre hubo hogueras de violencia destructiva. Y también siempre hubo el fuego del espíritu para purificar el daño conjurándolo a través del arte, que es más fuerte que la muerte”.
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Fragmento de “Fundación y apogeo del Quilombo del Gran Chaco”
”Viernes 9 de abril.
”La primera vez que se habló del pacto de paz y de guerra a la guerra fue la noche después que el capitán Page enfrentó al comandante en jefe de la Armada paraguaya en Laguna Pirí. El ataque fue inhumano, cruel; un odio desconocido se encarnó en hombres que se volvían fieras unos contra otros, sin saber hasta cuándo. Noté que el rostro de un guerrero y el de una bestia cebada de muerte se parecen mucho; los ojos entrecerrados y fulgurantes como quien mide sus pasos y acecha, la boca en una mueca siniestra que parece olfatear la sangre de cerca apretando los dientes hasta hacerlos chirriar. La piel sudada, rojiza, caliente, brillante.
”En el fragor de la batalla se encontraron frente a frente el comandante argentino Fredo Marín y el capitán de la caballería paraguaya Alonso Benítez; clavaron las bayonetas en la tierra ensangrentada y uno de ellos dijo ‘Esto se tiene que terminar; hay que forzar la tregua cuanto antes’. Después se alejaron, cada cual en dirección contraria. Humeaba el campo cuando sobrevino el silencio. El cura capellán se acercó para decirme que todos estábamos derrotados y que los superiores pensaban reunirse para acordar la pacificación aunque fuera contra las disposiciones de Buenos Aires y Río de Janeiro.
“Viendo el campo incendiado y escuchando la voz pausada del cura, las ideas me golpeaban en la cabeza. ´La naturaleza, que es la escritura de Dios, nos enseña a ser sanguinarios´, dijo, señalándome un halcón que atacaba a una paloma en pleno cielo azul.
”Recordaba una tarde en la que el mismo capellán, el padre Gesio, dejó su breviario y empuñó un fusil cuando los paraguayos nos atacaron en el Paso de la Patria. Me estaba desnudando para dormir cuando se escucharon los aprestos; ágiles como tigres, se movían en la sombría intemperie las tropas enemigas en un asalto de guerrillas. La carpa del coronel ardía. Vi cómo el padre Gesio mudaba de hombre bueno y apacible a la cólera del terror. Se calzó un fusil y masculló: Vengan, perros de mierda.
“Después, quizás con la intención de expulsar las palabras de odio, escupió el suelo.
”Así me vi reflejado ensuciando el agua límpida de un charco, cargando mi fusil, grotesco. Por primera vez sentí una infinita lástima de mí mismo. Me vi miserable, indigente, inane entre el esplendor de la naturaleza multiplicándose sin cansancio ni tregua. ‘Ella nos enseña a crear la vida’, decía el cura Aurelio Khünn cuando nos enseñaba el catecismo. Después aprendí que la naturaleza también destruye las criaturas con la misma pasión. O el mismo odio.
”Entre la nebulosa de mis recuerdos aparece un pintor, casi lugarteniente de Mitre. Quería retratar la calamidad, el horror, la matanza que no termina. Quería pintar la sangre y –confesó algo cansado– no encontraba el color exacto para reflejar la muerte. La lividez ya estaba impresa en el rostro alargado de aquel hombrecito menudo. En un lienzo alargado fueron apareciendo caballos, banderas, humo, fusiles, y hombres tan diminutos que la imagen parece un juego o un sueño.
”Las fuerzas contendieron una tarde y una noche eternas. La fiebre me hizo acurrucar contra el tronco de un pindó cuando ya no daba más del cansancio, el hambre, la sed y el sueño, adulando a los dioses de la muerte para que viniera una guarnición enemiga a darme fin; pero mis ruegos, como siempre, no fueron oídos. Me consuela pensar que Dios estará tan lejos de mí que jamás me concedió un buen deseo o un vicio. No me ha dado bendiciones pero tampoco me entregó a la maldición. El mal, en todo caso, siempre vino solo.
”Cuando amaneció pude ver los cadáveres mal envueltos en cueros de buey flotando en el río, dejando un reguero rojizo; con las heridas abiertas, como esas medallas que condecoran a los valientes. Enfilaban silenciosos en la sepultura líquida de color bermejo. No deja de ser una ironía que la guerra galardone por igual a vencedores y vencidos otorgándoles esos trofeos póstumos de cuajarones y postemas, cuyo livor recuerda el vigor del héroe perdido, por última vez. Dos enormes buitres enflaquecidos encaramados a un despojo escarbaban en el vientre y en las cuencas de los ojos, arrancando tiras de carne pálida.
”El brigadier Aranda estaba malherido a unos pasos de mí. Escuché un quejido vago y llegué hasta él arrastrándome. Tenía un pozo en el pecho, obra de un chumbazo de mosquete a quemarropa. Estaba pálido, con el pulso acelerado, seca la boca y los ojos hundidos. Quería hablarme; tuve que ayudarlo a sentarse para que recobrara fuerzas.
”Dijo que se moriría pronto. Lo dijo bajo, con un dejo de voz que se atoraba a cada paso. Que todo esto no tenía sentido. Mencionó algo así como un complot que armaban para defenderse de la intimación del poder. No supe si la fiebre le ganaba la partida, pero las palabras salían límpidas, como quien está desesperado por decir algo importante. Me explicó que el poder es tan perverso como invisible. Me preguntó por qué peleábamos en esta guerra. No sabía qué decir. Pensaba lo mismo de los paraguayos, pero en nuestras filas tampoco sabemos bien por qué decidimos dedicarnos colectivamente al crimen, comandados por los superiores, que sólo imparten órdenes que reciben de sus generales y éstos, del poder central ubicuo, inasible, ciego a los destinos de los que combaten en el frente.
”Señaló el cielo con un dedo tembloroso y recordó que de ahí procedían todos los errores. Que imitando la idea del poder de Dios, los hombres se arrogaron el mando de decidir por todos, lo que el más fuerte cree que es la verdad. Que es obligación de cada cual velar por su destino y rechazar el mandato de cualquier gobierno que atente contra el bien del común.
”Entre estertores me informó que del lado del Gran Chaco –llamado Gualamba– se estaba gestionando un armisticio entre los delegados del Imperio del Brasil, de la Banda Oriental, del Paraguay y que él tenía la misión de llevar la voz de Argentina, que delegaba en mí. Después dio un larguísimo suspiro y entregó su alma, dejándome documentos y un papel donde figuraban las indicaciones para llegar al sitio de la tregua. Miré la apacible corriente del río que me separaba de la promesa de pacificación. El manuscrito, visiblemente estropeado, describía los términos de un contrato de pacificación entre los pueblos en lucha, repudiando la Triple Alianza ofensiva y defensiva armada para destruir la libertad de los pueblos, sujetándola a los caprichos de las potencias europeas. No me sorprendió encontrar la firma del comandante Fredo Marín junto a la del capitán Alonso Benítez rubricando el pliego de la Declaración llamada simplemente ‘Pax’. Maldice a la guerra en sí, a la que juzga un juego peligroso entre dirigentes que apuestan vidas humanas en vez de gallos para probar su fortuna a costa de la sangre ajena.
“Escribo de noche, cuando nadie me ve. Llevo el cuaderno conmigo, vaya donde vaya.
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Conclusión: la paz depende en gran medida de nuestras actitudes y éstas tienen parentesco con el aprendizaje. Pero no solamente el aprendizaje sistemático y formal de la educación; también el aprendizaje espontáneo y por observación de modelos. Si nuestros niños crecen en un ambiente de violencia doméstica (el 46% de los hogares en Paraguay sufre alguna forma de violencia doméstica según la última encuesta del Centro de Documentación y Estudios, Asunción, 2003) es de esperar que el día de mañana sus actitudes generales frente a los problemas no sean pacíficas. Si reforzamos este aprendizaje con la observación de modelos mediáticos violentos y transgresores, tampoco podemos esperar ciudadanos ejemplares en el futuro. Cabe preguntarnos a nosotros mismos lo que insinuó el fantasma del Cristo a Pedro al salir de Roma: ¿Adónde vamos? Quo vadis?
Al plantear correctamente las preguntas cualquiera puede pensar en las respuestas. Por otro lado, para vencer el desaliento, hemos visto que en las peores condiciones el espíritu humano es capaz de redimirse de la miseria. Que en medio de una guerra catastrófica, creció una comunidad pacifista comandada por militares al agonizar el siglo XIX.
Ergo: todo es posible.
Alejandro Maciel.
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[1] Por eso, decimos que en las cárceles se puede aprender pero no educar desgraciadamente hasta hoy en nuestro medio ya que los reclusos se enseñan entre sí las mejores técnicas delictivas y no hay programas serios del Estado (salvo excepciones) de educación en oficios para reinsertar socialmente a los condenados una vez que cumpla su pena.
Por Alejandro Maciel.
En un mundo convulsionado por tormentas de belicismo que soplan por aquí y por allá, que cuando se extingue en un rincón se incendia en dos más, no es fácil escribir sobre la paz. Sin embargo trataremos de vincular este tema con el periodismo, la TV, la educación y la literatura.
¿Qué es la paz? La paz no es solamente la ausencia de guerras sino la presencia de justicia en el sentido profundo, filosófico y hasta ontológico (no temamos usar términos suntuosos cuando hablamos de paz) dentro de una sociedad que hoy es global. Pero esta paz se construye o se destruye gradualmente en el rebaño humano desde que nacemos, crecemos, aprendemos y actuamos. La educación es un punto clave, con una educación sistemática que oriente hacia la solución racional de los conflictos no podría haber guerras, ni violencia ni pandillas. ¿Y qué es educación? Educación es todo aprendizaje socialmente útil[1]. ¿Y qué es aprendizaje? Aprendizaje es todo cambio de conducta interna o externa que se debe a una experiencia y se refuerza con la práctica. Cambio de conducta interna señala que después de un aprendizaje el sujeto o la mujer que aprendió no manifiesta externamente nada, no observamos ningún cambio físico pero su actitud ha sufrido una transformación si aprendió de verdad algo nuevo. Por ejemplo, alguien que acaba de aprender las normas de tránsito por medio de la experiencia, al terminar de aprender parece ser la misma persona pero una vez al frente de un volante tendrá otra conducta si verdaderamente aprendió, es decir si entre la entrada y la salida del aprendizaje hubo un cambio de actitud. ¿Y qué será esta cosa llamada actitud? La actitud es un complejo sistema tripartito que incluye:
a) Un componente cognitivo, intelectual que es la creencia (datos acerca de objetos, personas o hechos, opiniones personales que han sido aprendidas socialmente) por ejemplo “una cosa somos nosotros, otra los extranjeros”.
b) Un componente afectivo, esto es sentimientos frente a dicha creencia que me invoca simpatía o repulsión; puedo sentir a los extranjeros como personas por las que siento deseos de comprender, ayudar, solidarizarme con su situación pensando que si migraron, tendrán muchas necesidades y carencias por las que siento empatía, “me pongo en su lugar” y trato de facilitarles alguna ayuda. En la otra vereda, puedo sentir rechazo, temor, ideas acerca de la competencia que creo desleal por las fuentes de trabajo que los extranjeros vienen a ocupar sin derecho dejando a los naturales en desventaja. “Los extranjeros son peligrosos” será el sentimiento guía de dicha actitud paranoide que muchas veces, por esas trampas de la fe que tiene nuestra mente, son foco de proyección de otras frustraciones y fracasos personales que usan al extranjero como chivo expiatorio.
c) Un componente conductual, la actitud lleva en sí una tendencia a actuar de tal o cual forma acorde al marco de dicha actitud. De una persona con una actitud hostil hacia los extranjeros no podemos esperar algarabía y muestras de atención y mucho menos solidaridad cuando se encuentre frente a un grupo de forasteros en situación de desventaja. El repertorio de conductas se reduce a la forma pasiva hostil (no hacer nada, no facilitarle las cosas a los emigrados, es decir abstenerse de ayudar) o actividad adversa (dificultarle las cosas, entorpecer su inserción social negándole un puesto de trabajo, por ejemplo) y en este caso ya entramos en el terreno de la discriminación que afortunadamente está prohibida por ley. Pero todos sabemos que hecha la ley, hecha la trampa. De nada sirve normatizar el final de la cadena (prohibir discriminar) si no mejoramos la base en la que asienta la discriminación, esto es, la actitud.
¿Qué actitud hemos desarrollado como sociedad hacia la guerra y la violencia? Si es verdad que la TV es la vidriera social, desde los comics infantiles, a las llamadas “películas de acción” y hasta las tiras televisivas supuestamente humorísticas, la violencia está aceptada cuando no fomentada como forma de convivencia. La violencia es una forma de comunicación, un lenguaje según los códigos de los mass media. Está bien que la TV no lo es todo, que una buena provisión de lecturas puede volver a poner las cosas en su lugar pero ¿cuánto lee la gente habitualmente? ¿No hemos perdido paulatinamente el hábito de aprender leyendo? Está demostrado taxativamente que la lectura es la forma del aprendizaje más completa por los mecanismos cognitivos que en ella intervienen, pero si comparamos las horas/televisor frente a las horas/lectura de un niño o niña o adolescentes promedio en la sociedad actual la televisión gana por goleadas. Es decir, prevalece el modelo de solución de conflictos que vemos en TV utilizando alguna forma de furia, que puede ir desde la violencia verbal (insultos, gritos), psicológica (amenazas, denigración del otro) y físicas con un repertorio tan amplio que no alcanzaría este libro para describir; pero los invito a ver en la TV o el cine directamente y cerciorarse por ustedes mismos.
Ahora bien, la actitud hostil frente a personas o grupos que creo amenazantes o inferiores es la madre de los prejuicios. ¿Qué es un prejuicio? Es una actitud injusta, errónea e intolerante basada en temores profundos e inseguridades y recelos personales (y/o colectivos) que es devuelta hacia alguien de afuera quien desde ese momento se verá como peligroso, amenazador y alarmante y que trataré (o trataremos) de neutralizar lo más rápidamente posible. El prejuicio no es racional, al contrario es casi el sello típico del fanatismo que por definición, es irracional. Si fuese racional sería una convicción: “no hay que matar”, por ejemplo es una convicción basada en la reflexión acerca de las experiencias de crímenes que conocimos y no deseamos volver a repetir.
Gordon Allport fue el primer autor que postuló el fracaso personal o colectivo como la base que gestiona la agresión interna que sale a buscar un foco de conflicto a quien echar la culpa de nuestras propias incapacidades. El prejuicio siempre opera de arriba hacia abajo en la pirámide social; el que está o cree estar en situación más ventajosa oprime y reprime al que está más necesitado. Es por tanto de índole canalla y miserable y tiende a crear desequilibrios sociales. T. Adorno (1950) propuso otra fuente de prejuicios en las personalidades autoritarias, rígidas, convencionales, sujetas a la letra de las normas más que a su finalidad; los autoritarios quieren imponer lo que consideran “la verdad” en forma coactiva e intolerante a cualquier alternativa. Como operan en base a simplificaciones y generalizaciones frecuentemente caen en razonamientos prejuiciosos y como no están abiertos al diálogo (¿cómo estarlo, si creen tener la verdad de su parte?) no pueden entender otras razones y se cierran en sus principios hasta el fin.
Hay una tercera alternativa (y una cuarta y una quinta pero como Occam está abriendo su navaja, mejor cortemos nosotros) que nos lleva a razonar de este modo: si la discriminación es hija del prejuicio y éste es hijo de las actitudes; debemos observar dónde se originan las actitudes. Y sabemos que nacen dentro de la personalidad que, según el psicoanálisis, está formada por el repertorio de mecanismos de defensas inconcientes que utilizamos en forma automática. Hay mecanismos maduros desde el punto de vista evolutivo y hay otros más primitivos y perjudiciales. La proyección es perjudicial porque tiende a descargar nuestras culpas o errores o miedos en un objeto o sujeto que nada tiene que ver con nuestros conflictos pero justamente, el mecanismo económico que persigue es librarse de tener la basura en casa regalándosela al vecino sin que éste lo advierta. Es muy barato pero muy perjudicial para la vinculación social. La identificación proyectiva es más sofisticada y por tanto más perjudicial. La negación que está en la base de ambos, es nociva: primero debo negar que el fracaso y el disgusto es mío antes de proyectarlo al prójimo. Hay elementos de índole narcisística que impiden reconocer errores en mí mismo, ya que el declararlos abiertamente implica una herida al Yo que es tan susceptible; entonces el Yo no encuentra mejor recurso que mentirse (negar que me equivoqué, negar que fracasé) pero como el error está presente, se lo endilgo a otro, preferentemente un grupo o persona vulnerable y que está en desventaja para evitar que su defensa sea efectiva. Este Yo interior se mentirá, será inconciente pero no es tonto.
Ahora la cuestión debe replantearse: convengamos que existe el fracaso personal en una sociedad tan competitiva en la que no todos pueden llegar a la primera meta, que esto acarrea el remordimiento, la idea de culpa o la frustración; aceptemos que existe la personalidad autoritaria que necesita imponer sus códigos que cree verdaderos y obligatorios (muchas veces de base religiosa dogmática) para sentirse en equilibrio y orden, admitiendo todo eso, ¿por qué la reacción primitiva ante el obstáculo es la violencia en el ámbito individual y la guerra en el ámbito colectivo? ¿No será que la base educativa está fallando? ¿No será que estamos aprendiendo algunas actitudes erróneas? En un mundo donde todo es competencia por ser el mejor, la más linda, la más delgada aunque anoréxica, los más inteligentes, los más fuertes, los más metedores de goles, los más aventajados gimnastas, ¿qué lugar le reservamos a los 9 restantes que no alcanzaron el primer puesto? ¿Es la competencia sistemática una forma de convivencia? ¿No está demostrando con el fútbol que esa competencia feroz fácilmente genera bandos enfrentados que llevan a formas de violencia incontrolables? Es que está en juego nuevamente el Ego narcisista ampliado al grupo de referencia que lo refuerza. “Soy del club A y todos los del club B son enemigos” me decía un hincha a quien entrevisté en radio. ¿Por qué enemigo? El fútbol es un deporte, no un campo de batalla; pero el Ego amenazado (si perdiera vería descender su estima frente a todos los demás camaradas que están de testigo de la derrota, por eso es inadmisible un fracaso y los ánimos se encienden más cuando juegan seleccionados nacionales porque en la imaginación de ese grupo anómico, está jugando la patria, el escudo, la bandera (se canta el himno nacional antes del partido) y una serie de valores abstractos que se consideran sagrados y no deben ser mancillados con el triunfo del “enemigo” (ya no adversario) ¿No conspira esta depravación de la competencia contra la solidaridad? ¿No educamos competitivamente en los colegios y escuelas donde exhibimos cuadros de honor, notas, calificaciones? ¿No estaremos convirtiendo al proceso educativo en una motivación negativa? Lo que el conductismo (el premio, las notas) vio como estímulo puede convertirse fácilmente en obstáculo y desinterés para quienes no alcanzan los famosos “objetivos” de la enseñanza.
Sin embargo, aún en las más extremas situaciones de desaliento el espíritu humano da ejemplos maravillosos en la preservación de la paz como el bien supremo de la gente. Para ejemplificar necesito que me acompañen desde el campo de las generalizaciones a un caso en particular: la Guerra de la Triple Alianza organizada por Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay en 1865. Una mala idea desde todo punto de vista. Lo que según las previsiones del presidente Mitre duraría 3 meses, tardó 5 años. La Guerra tuvo un observador en sir Richard F. Burton quien escribió un libro dedicado a Sarmiento: “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” donde menciona un hecho admirable en medio de esta campaña por mantener la paz a todo precio. En el prefacio del libro (novela) que escribimos sobre el tema cuatro autores sudamericanos traté de avisar esta noticia para el siglo XXI. Transcribo el Prefacio y luego un fragmento del capítulo argentino de la novela. El capítulo uruguayo lo escribió Omar Prego Gadea, el paraguayo don Augusto Roa Bastos y el brasilero, Eric Nepomuceno.
PREFACIO DE “LOS CONJURADOS DEL QUILOMBO DEL GRAN CHACO”
Desde el 11 de agosto de 1868 y hasta el 21 de abril de 1869 el cónsul itinerante de Su Majestad, el capitán sir Richard Francis Burton escribe veintisiete cartas desde los campos de batalla del Paraguay como observador, que es decir espía, mediador, cronista, explorador, frenólogo, estratega, historiador, geógrafo, sociólogo, urbanista. Toda la visión de la vieja Europa de los siglos XVIII y XIX se trasplanta en la convulsionada Sud América, donde las dictaduras suceden a las montoneras, las anarquías a las asonadas. Ya no hay revoluciones. La misma superstición malgastada de repúblicas sembradas en un desierto de ideas regado con sangre, se convierte en rehén de grupos, corporaciones, estancieros y sátrapas de baja monta, que se disputan un poder siempre tambaleante, donde todos desconfían de todos, sin llegar a conformar un gobierno; que es decir instituciones que sostengan el equilibrio del poder.
El 1º de mayo de 1865, a causa de que las tropas del presidente Solano López habían cruzado por unos potreros supuestamente argentinos, se firma el “Tratado de la Triple Alianza ofensiva y defensiva entre el Imperio del Brasil, la República Argentina y la Banda Oriental contra el gobierno del Paraguay”, iniciando oficialmente la Guerra del Paraguay, Guerra Grande o Guerra de la Triple Alianza, que se extendió hasta el 1º de marzo de 1870. En medio de la devastación y la locura, cuenta el capitán Burton en la carta XXIII que “del lado opuesto del Río Paraguay, el del Gran Chaco, se ha fundado un amplio quilombo o establecimiento de fugitivos, donde brasileños y argentinos, orientales y paraguayos viven juntos en mutua amistad y en enemistad con el resto del mundo y la guerra”.
Entrando en el siglo XXI, cuatro autores de las cuatro naciones que se vieron envueltas en ese conflicto volvemos a escribir –como lo hizo sir Richard Francis Burton– las crónicas de una guerra que se azuza con el asesinato de dos presidentes (Venancio Flores de la Banda Oriental en 1868, y Francisco Solano López del Paraguay en 1870) y en la que oscuros intereses sobrevuelan como buitres los cadáveres de nacionalismos convertidos en fanatismos suicidas. Sir Richard se perdió en el espacio, las pampas y los pantanos extraños a su Inglaterra reina de los mares. Nosotros estamos perdidos en el tiempo y esa errabundia de las escrituras es al mismo tiempo virtud y defecto. Más fácil que hacer la historia de los hechos (no somos historiadores) es historiar lo deshecho. La guerra exterminó casi una generación de paraguayos, arrasó pueblos, fortificaciones e hipotecó el futuro de la arruinada nación. Hasta hoy no hay un argumento racional para explicar cuál fue el casus belli. El Paraguay se convirtió en el pandemónium de Milton, tal vez por eso el brigadier general y comandante del Ejército Aliado, Bartolomé Mitre, empezó a traducir el “Infierno” de la Divina Commedia en su tienda de campaña.
Nunca nadie ha ganado nada en ninguna guerra. Los oficiales de las cuatro naciones que desertaron de la contienda para formar el Quilombo del Gran Chaco también estaban perdidos en el tiempo, pensando por adelantado lo que todavía no ha sucedido hasta este ocaso del segundo milenio; perdidos como seguimos nosotros, pensando en un porvenir donde el militarismo, los ejércitos, las fronteras y las armas hayan pasado a ser patrimonios del archivo de la Historia.
Alejandro Maciel, Asunción, diciembre 2000.
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Antes de transcribir un fragmento del capítulo argentino me gustaría detenerme en esta frase de Roa Bastos porque es muy significativa para comprender los propósitos de esta novela:
“La historia no tiene final. Desde el principio de los tiempos siempre hubo hogueras de violencia destructiva. Y también siempre hubo el fuego del espíritu para purificar el daño conjurándolo a través del arte, que es más fuerte que la muerte”.
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Fragmento de “Fundación y apogeo del Quilombo del Gran Chaco”
”Viernes 9 de abril.
”La primera vez que se habló del pacto de paz y de guerra a la guerra fue la noche después que el capitán Page enfrentó al comandante en jefe de la Armada paraguaya en Laguna Pirí. El ataque fue inhumano, cruel; un odio desconocido se encarnó en hombres que se volvían fieras unos contra otros, sin saber hasta cuándo. Noté que el rostro de un guerrero y el de una bestia cebada de muerte se parecen mucho; los ojos entrecerrados y fulgurantes como quien mide sus pasos y acecha, la boca en una mueca siniestra que parece olfatear la sangre de cerca apretando los dientes hasta hacerlos chirriar. La piel sudada, rojiza, caliente, brillante.
”En el fragor de la batalla se encontraron frente a frente el comandante argentino Fredo Marín y el capitán de la caballería paraguaya Alonso Benítez; clavaron las bayonetas en la tierra ensangrentada y uno de ellos dijo ‘Esto se tiene que terminar; hay que forzar la tregua cuanto antes’. Después se alejaron, cada cual en dirección contraria. Humeaba el campo cuando sobrevino el silencio. El cura capellán se acercó para decirme que todos estábamos derrotados y que los superiores pensaban reunirse para acordar la pacificación aunque fuera contra las disposiciones de Buenos Aires y Río de Janeiro.
“Viendo el campo incendiado y escuchando la voz pausada del cura, las ideas me golpeaban en la cabeza. ´La naturaleza, que es la escritura de Dios, nos enseña a ser sanguinarios´, dijo, señalándome un halcón que atacaba a una paloma en pleno cielo azul.
”Recordaba una tarde en la que el mismo capellán, el padre Gesio, dejó su breviario y empuñó un fusil cuando los paraguayos nos atacaron en el Paso de la Patria. Me estaba desnudando para dormir cuando se escucharon los aprestos; ágiles como tigres, se movían en la sombría intemperie las tropas enemigas en un asalto de guerrillas. La carpa del coronel ardía. Vi cómo el padre Gesio mudaba de hombre bueno y apacible a la cólera del terror. Se calzó un fusil y masculló: Vengan, perros de mierda.
“Después, quizás con la intención de expulsar las palabras de odio, escupió el suelo.
”Así me vi reflejado ensuciando el agua límpida de un charco, cargando mi fusil, grotesco. Por primera vez sentí una infinita lástima de mí mismo. Me vi miserable, indigente, inane entre el esplendor de la naturaleza multiplicándose sin cansancio ni tregua. ‘Ella nos enseña a crear la vida’, decía el cura Aurelio Khünn cuando nos enseñaba el catecismo. Después aprendí que la naturaleza también destruye las criaturas con la misma pasión. O el mismo odio.
”Entre la nebulosa de mis recuerdos aparece un pintor, casi lugarteniente de Mitre. Quería retratar la calamidad, el horror, la matanza que no termina. Quería pintar la sangre y –confesó algo cansado– no encontraba el color exacto para reflejar la muerte. La lividez ya estaba impresa en el rostro alargado de aquel hombrecito menudo. En un lienzo alargado fueron apareciendo caballos, banderas, humo, fusiles, y hombres tan diminutos que la imagen parece un juego o un sueño.
”Las fuerzas contendieron una tarde y una noche eternas. La fiebre me hizo acurrucar contra el tronco de un pindó cuando ya no daba más del cansancio, el hambre, la sed y el sueño, adulando a los dioses de la muerte para que viniera una guarnición enemiga a darme fin; pero mis ruegos, como siempre, no fueron oídos. Me consuela pensar que Dios estará tan lejos de mí que jamás me concedió un buen deseo o un vicio. No me ha dado bendiciones pero tampoco me entregó a la maldición. El mal, en todo caso, siempre vino solo.
”Cuando amaneció pude ver los cadáveres mal envueltos en cueros de buey flotando en el río, dejando un reguero rojizo; con las heridas abiertas, como esas medallas que condecoran a los valientes. Enfilaban silenciosos en la sepultura líquida de color bermejo. No deja de ser una ironía que la guerra galardone por igual a vencedores y vencidos otorgándoles esos trofeos póstumos de cuajarones y postemas, cuyo livor recuerda el vigor del héroe perdido, por última vez. Dos enormes buitres enflaquecidos encaramados a un despojo escarbaban en el vientre y en las cuencas de los ojos, arrancando tiras de carne pálida.
”El brigadier Aranda estaba malherido a unos pasos de mí. Escuché un quejido vago y llegué hasta él arrastrándome. Tenía un pozo en el pecho, obra de un chumbazo de mosquete a quemarropa. Estaba pálido, con el pulso acelerado, seca la boca y los ojos hundidos. Quería hablarme; tuve que ayudarlo a sentarse para que recobrara fuerzas.
”Dijo que se moriría pronto. Lo dijo bajo, con un dejo de voz que se atoraba a cada paso. Que todo esto no tenía sentido. Mencionó algo así como un complot que armaban para defenderse de la intimación del poder. No supe si la fiebre le ganaba la partida, pero las palabras salían límpidas, como quien está desesperado por decir algo importante. Me explicó que el poder es tan perverso como invisible. Me preguntó por qué peleábamos en esta guerra. No sabía qué decir. Pensaba lo mismo de los paraguayos, pero en nuestras filas tampoco sabemos bien por qué decidimos dedicarnos colectivamente al crimen, comandados por los superiores, que sólo imparten órdenes que reciben de sus generales y éstos, del poder central ubicuo, inasible, ciego a los destinos de los que combaten en el frente.
”Señaló el cielo con un dedo tembloroso y recordó que de ahí procedían todos los errores. Que imitando la idea del poder de Dios, los hombres se arrogaron el mando de decidir por todos, lo que el más fuerte cree que es la verdad. Que es obligación de cada cual velar por su destino y rechazar el mandato de cualquier gobierno que atente contra el bien del común.
”Entre estertores me informó que del lado del Gran Chaco –llamado Gualamba– se estaba gestionando un armisticio entre los delegados del Imperio del Brasil, de la Banda Oriental, del Paraguay y que él tenía la misión de llevar la voz de Argentina, que delegaba en mí. Después dio un larguísimo suspiro y entregó su alma, dejándome documentos y un papel donde figuraban las indicaciones para llegar al sitio de la tregua. Miré la apacible corriente del río que me separaba de la promesa de pacificación. El manuscrito, visiblemente estropeado, describía los términos de un contrato de pacificación entre los pueblos en lucha, repudiando la Triple Alianza ofensiva y defensiva armada para destruir la libertad de los pueblos, sujetándola a los caprichos de las potencias europeas. No me sorprendió encontrar la firma del comandante Fredo Marín junto a la del capitán Alonso Benítez rubricando el pliego de la Declaración llamada simplemente ‘Pax’. Maldice a la guerra en sí, a la que juzga un juego peligroso entre dirigentes que apuestan vidas humanas en vez de gallos para probar su fortuna a costa de la sangre ajena.
“Escribo de noche, cuando nadie me ve. Llevo el cuaderno conmigo, vaya donde vaya.
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Conclusión: la paz depende en gran medida de nuestras actitudes y éstas tienen parentesco con el aprendizaje. Pero no solamente el aprendizaje sistemático y formal de la educación; también el aprendizaje espontáneo y por observación de modelos. Si nuestros niños crecen en un ambiente de violencia doméstica (el 46% de los hogares en Paraguay sufre alguna forma de violencia doméstica según la última encuesta del Centro de Documentación y Estudios, Asunción, 2003) es de esperar que el día de mañana sus actitudes generales frente a los problemas no sean pacíficas. Si reforzamos este aprendizaje con la observación de modelos mediáticos violentos y transgresores, tampoco podemos esperar ciudadanos ejemplares en el futuro. Cabe preguntarnos a nosotros mismos lo que insinuó el fantasma del Cristo a Pedro al salir de Roma: ¿Adónde vamos? Quo vadis?
Al plantear correctamente las preguntas cualquiera puede pensar en las respuestas. Por otro lado, para vencer el desaliento, hemos visto que en las peores condiciones el espíritu humano es capaz de redimirse de la miseria. Que en medio de una guerra catastrófica, creció una comunidad pacifista comandada por militares al agonizar el siglo XIX.
Ergo: todo es posible.
Alejandro Maciel.
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[1] Por eso, decimos que en las cárceles se puede aprender pero no educar desgraciadamente hasta hoy en nuestro medio ya que los reclusos se enseñan entre sí las mejores técnicas delictivas y no hay programas serios del Estado (salvo excepciones) de educación en oficios para reinsertar socialmente a los condenados una vez que cumpla su pena.
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