sábado, 27 de octubre de 2007

BIOPOLÍTICA

BIOPOLÍTICA Y CULTURA DE PAZ


Aida Aisenson Kogan


Los conceptos de biopolítica y cultura de paz se hallan vinculados entre sí por un pensamiento antropológico del orden de la moral.

En tanto que ordenación de la vida humana colectiva en distintos terrenos, particularmente en el de las estructuras intra o internacionales, la política asume indefectiblemente, y dentro de una gama de matices variados, un carácter bio o tanatopolítico; depende la diferencia de su inserción o falta de ella en una cultura de paz, lo que significa según respete o avasalle los principios y normas propios de la misma.

Explicitaré más adelante estos asertos, pero ante todo cito un párrafo de Albert Einstein que ilustra sobre la orientación de la biopolítica. Dice: “El ser humano forma parte de un todo que se llama universo, pero percibe su persona, sus pensamientos, sus sentimientos, como si estuvieran separados del resto. Se trata de una ilusión que nos aprisiona en nuestros deseos personales… (…). Nuestra misión debería ser liberarnos de ella, ensanchando nuestro círculo de compasión para incluir a todos los seres vivos y a toda la naturaleza en su hermosura. El solo hecho de perseguir ese objetivo constituye una liberación parcial y el fundamento de la paz interior”). La liberación, la mirada que ilumina sobre nuestra condición de mónadas situadas entre infinidad de otras y necesitada de ellas por causas que van desde lo biológico hasta lo afectivo y lo espiritual, se logra por dos vías, dos vías al menos: las acciones de hecho de acercamiento interhumano en especial en circunstancias de conflicto, y la reflexión sobre sí mismo hincada en la esfera del sentir moral, reflexión de la que la fenomenología husserliana, en particular a sus últimos desarrollos, es ejemplo.

Tomo en cuenta a continuación, en términos muy breves, el prolongado conflicto palestino-israelí como muestra, lo mismo que muchos otros que ensombrecen y avergüenzan la historia del presente, de la posibilidad y a la vez dificultad de guiarse tanto una buena parte de las gentes del común como las instancias gubernamentales, según los lineamientos de una política racional, a la vez unificadora de intereses y empática y compasiva. Lo que falta aquí, como en casi todo enfrentamiento, es adoptar actitudes nuevas en relación a las hoy mayormente vigentes, cargadas de resentimiento, odios y la obstinada fijación en situaciones del pasado. Conducen en cambio al compromiso y la conciliación la disposición a dar fin a las acusaciones mutuas, a asentir a un “borrón y cuenta nueva” y a esforzar la imaginación para estructurar escenarios propicios para el entendimiento mutuo. Además, es preciso no ceder al desaliento si los primeros intentos de acuerdo no prosperan abrirse a la comprensión de las posiciones y anhelos ajenos, y resolverse a sacrificar las ambiciones de máxima, que alimentan la combatividad violenta, el idealismo iracundo tan prestigiado comúnmente, tan deplorable.

Junto con estas actitudes recién enumeradas habría que desarrollar otras de proyecciones semejantes, a través de una educación para la paz. Aunque de hecho no siempre ha sido ésta indispensable para que se tejieran lazos de armonía aun entre grupos pertenecientes a comunidades en discordia. Y ello porque la aproximación del hombre al hombre, por más que tantas veces parezca desmentida en el mundo de la vida, tiene su raíz en la capacidad de amor ético que, polo opuesto de las tendencias al abuso violento (todo tipo de abuso “violenta” a un otro), marca la singularidad de nuestra especie.

Es amor ético en última instancia lo que trasuntan por ejemplo numerosas actividades coparticipativas entre grupos de palestinos (o israelíes palestinos) y de israelíes, aun en medio de la enconada beligerancia que divide a sus pueblos.

Lamentablemente son tan escesamente difundidas por los medios tales iniciativas, cuando encienden una luz de esperanza y hasta quizás ejerzan una especie de persuasión-presión, valga el oximoron, en favor de la paz sobre los tomadores de decisiones en el ámbito de la gran política. Me limito a consignar dos o tres ejemplos de ese hacer conjunto, que se pliega a una admonición de Kant en su Sobre la paz perpetua: la paz “no es una idea vacía sino una tarea que resolviéndose poco a poco se acerca permanentemente a su fin…”, o a lo que dijo siglos más tarde John Dewey: “No es suficiente enseñar los horrores de la guerra y evitar todo lo que estimularía la desconfianza y la animosidad internacional; el énfasis debe colocarse sobre todo lo que une a las gentes en empresas y resultados cooperativos (…).

Como si hubieran leído a estos filósofos los responsables del Instituto Arik, fundado por el padre de un soldado caído en acción, que organiza junto con muchas otras actividades reuniones académicas entre intelectuales palestinos e israelíes, o quienes dirigen el Centro de Paz Shimon Pérez, que auspicia encuentros deportivos entre miembros de las dos comunidades en conflicto, o el palestino Bassam Aramin, quien después del nacimiento de sus hijos se convirtió a la no violencia y hoy integra un grupo mixto, compuesto por 120 ex-soldados israelíes y ex-activistas palestinos opuestos al uso de las armas. Y operan asimismo elencos de teatro mixtos, equipos de investigadores científicos… ¡hasta grupos de cocineros!



Y bien, la biopolítica se nutre de tal género de actividades, las fortifica eventualmente mediante la educación para la paz, así como a partir del modelo en que se torna su mismo ejercicio, que afecta a cuerpos y mentes en interrelaciones vastamente diversificadas.

El hecho de la política, que implica siempre un unos con otros, arraiga en condiciones antropológicas fundadas incluso en el plano de la biología, ya que los humanos solo sobrevivimos insertos en una matriz formada por semejantes, primero microsocial y luego de mayor magnitud y complejidad, que progresivamente nos va socializando entre tramas de apoyo y de competitividad y hostilidad. La política tiene por misión organizar gubernamentalmente ese unos con otros, y no solo en relación a la supervivencia y bienestar físico de los gobernados sino atendiendo igualmente a su desarrollo psíquico y espiritual y promoviendo su felicidad.

Es que se ocupa de personas, y sólo puede llamarse auténticamente política cuando es biopolítica, o sea cuando más allá de asegurar contra riesgos y menoscabos de los organismos físicos, crea y vigila las condiciones de ejercicio y desarrollo de potencialidades psíquico-espirituales. Bios es vida humana, existencia, no meramente zoe, y la felicidad es el fin último que persigue el hombre, nos dicen entre otros insignes pensadores de todos los tiempos Aristóteles, Kant, Husserl.

Nos dicen además, en distintas formulaciones, que ella es inseparable de la práctica o al menos la búsqueda del bien, lo cual proporciona, en palabras de Husserl, “la más alta satisfacción de sí”, que es la de cumplir “el deber absoluto”.

El término biopolítica quedó introducido en el vocabulario filosófico de las últimas décadas debido sobre todo a Michel Foucault, teorizador de un “biopoder” que en su concepción se ejercería desde fines de la Edad Media disciplinando cuerpos y concretándose este dominio a través de instituciones: escuelas, cárceles, fábricas, manicomios. Claro que es importante precisar lo siguiente: no sólo organismos físicos serían los manipulados, sino destinos, como es importante precisar también que tales tiranías las ejercen clases sociales privilegiadas sobre clases sumergidas desde tiempos muy anteriores a la Modernidad, y que no designan en verdad biopolíticas sino tanatopolíticas. Al arrasar con el derecho a sobrevivir físicamente y con el de permitir libre expresión y condiciones de crecimiento a mentes y espíritus, son políticas de muerte. Así el belicismo junto a las demás políticas tanáticas cuyo común denominador es que no tomas al hombre como un fin en sí mismo. No resisten pues a la prueba que exige Husserl: “Todas la formas posibles de organización, y entre ellas las estatales, deben investigarse en la perspectiva de su significación ética…”. El filósofo sostiene a la vez (en una carta personal),… “la ética como tal es una forma transpersonal, (por tanto también transnacional)…”.

La biopolítica se funda, teóricamente, en un ideal moral de promoción de “los más elevados objetivos de la vida”, y en su faz ejecutiva establece, democráticamente, medidas jurídicas que propenden en principio a servir al bien de las ciudadanías en su totalidad.



El llamamiento a la responsabilidad hacia el otro y hacia las modalidades que cobra la cultura posee fuertes acentos en la filosofía fenomenológica y en la filosofía existencial, y resuena también con fuerza en la cultura de paz.

Spinoza afirma (Ética, parte IV, proposición XVIII, escolio) que “nada hay más útil para el hombre que el hombre”. Útil, sí, en la esfera de la política cuando se comporta como fiel y hasta esforzado propulsor de iniciativas de carácter social, lo que lo convierten simultáneamente en receptor. Husserl dixit: quien “sacrifica su vida a la comunidad (…) pierde su vida terrestre, pero gana su vida verdadera”.

Al decir comunidad extiende el pensador la significación del concepto hasta hacerle abarcar globalmente la humanidad. No guerras pues, no las consiente nuestro saber de que somos parte integrante del todo de las mónadas; por lo cual se nos impone erigir “un reino de bienes comunitarios como lo mejor posible para la comunidad que constituye la humanidad en su conjunto”.

La biopolítica es la única política auténtica, reitero, si nos ceñimos a la acepción que corresponde en esencia a este último vocablo; es administración de una convivencia… en felicidad. Individuos humanos, nunca solo soe, sino bios, en una dimensión abarcativa que los eleva hasta el espíritu, anhelosos de vida buena, se dictan para sí mismos principios y normas que pese a los conflictos que tantas veces los alienan dentro del amplio marco de los unos junto a otros, son parte de un progresivo avance de realización de valores, recíproco respeto y consideración.



Roberto Espósito concede gran importancia en su interpretación de los basamentos de las estructuras sociales a los fenómenos de inmunización. Magnos grupos -nacionales, religiosos, ideológicos- se proponen protegerse, inmunizarse, contra la que conciben como contaminación emanada de otros grupos: la asociación con ellos es tenida por fuente de daño, no enriquece la propia cultura sino que la degenera. El paradigma de la inmunización llevada a extremos paranoides la representa, explica Espósito, la ideología nazi; sectores de la población, (y aun residentes fuera del propio país), mayoritariamente judíos, debían “ser eliminados en cuanto tales, no por motivos económicos o políticos sino en razón de su constitución biológica misma”.

De paso, esa singularidad de la causa del exterminio vuelve incomparable la Shoa con otras atrocidades. En este genocidio se mataba por el solo delito de haber nacido, especial abominación propia del racismo.

La preocupación por mantener la propia identidad y formas de vida no es en sí siempre injustificada, pero sobredimensionada incita a discriminaciones, persecuciones y homicidios de crueldad sin límite, estableciéndose como rasgo de una tanotopolítica que anestesia la sensibilidad para “el humanismo del otro hombre”, el hermoso título del pequeño libro de Levinas. El trato que reciben hoy centenares de miles de inmigrantes (o aspirantes a esa condición) en varios países del Primer Mundo ilustra esa particular faceta de la tanatopolítica, golpeando, aunque no lo suficiente aún, la conciencia de los bien instalados en sus tierras. A sí mimo reviste un carácter inmunologizante, aduce el autor de Bios, la guerra moderna: “solo en la guerra se mata con un fin terapéutico, para la salvación vital del propio pueblo”. Y agrega, respecto al deliro nazista de inmunización: “Al aplicarse directamente a la vida, el derecho nazi la sometía a una norma de muerte que simultáneamente la absolutizaba y la destituía”. Nietzsche habría justificado ese delirio: “La vida misma no reconoce solidaridad (…) entre las partes sanas de un organismo y sus partes enfermas, éstas últimas deben ser amputadas, de lo contrario el todo perece”.



La biopolítica se sitúa en el otro extremo de estas ideologías y prácticas; si propósitos de inmunización entran en ella es en cuanto el peligro que representan para los hombres no otros hombres sino sus propias pasiones negativas, susceptibles de hacer estragos en todo intento de armonía y entendimiento. Acoge con generosidad “formas diferentes de ser semejante”, frase de Erich Fromm, y acata como fines-deberes de la humanidad los que estipula Kant: “la propia perfección y la felicidad ajena”.

Si bien no es sensato desoír a Hobbes, su juridicidad no debe constituirse en recurso exclusivo, porque solo en parte es necesario que las formas de la política se apoyen en el temor, en lugar de regirse más, en cambio, por el “amor ético”. De este la historia aun en medio de las crueldades que la manchan, sigue dando testimonio, y por empezar no estaríamos hoy aquí, en vida, por más que aterrados tantas veces ante la bárbara hostilidad con que nos herimos, si no nos uniera también el amor en el actuar social.

La biopolítica se extiende igualmente hacia las generaciones venideras; en relación a ellas Hans Jonas, quien advierte en especial sobre las derivaciones antiecológicas de los avances de la técnica, estableció en su El principio de la responsabilidad el siguiente imperativo: “Incluye en tu elección presente, como objeto también de tu querer, la integridad futura del hombre”.

Por el otro lado trasciende esta orientación el ámbito de cualquier comunidad particular hacia un alcance planetario, el porvenir de la humanidad. No es la política que en nuestros tiempos se practica; es la que urge que hagamos nacer, a partir de una “renovación”, el término de Husserl, de nuestras posiciones ante la cultura. Es preciso renovarlas de modo que brote “el contento puro y duradero de hacer realidad el bien: toda “una colectividad humana despierta a la humanitas cuando algunos de los individuos que la integran (…) mirando más allá de su persona llegan a concebir como ideal la idea de una comunidad de hombre de bien… y quieren dar a esta representación una posibilidad articulada en concreto (…) pensarla como posibilidad práctica”. O sea, la entienden como política.



Cultura, define Husserl, es “el conjunto total de logros que vienen a la realidad mediante la actividad incesante de los hombre en sociedad y que tienen una existencia espiritual duradera en la unidad de la conciencia colectiva y de la tradición que la conserva y prolonga”. Aquí me toca ocuparme de la cultura de paz, no conjunto de logros realizado ya sino aspiración de las gentes cuando despiertan a sí mismas, cuando “renuevan” su ansia de perfección moral y el repudio de doctrinas y procederes que la rebajan. Ellas “escarnecen la dignidad y engendran la barbarie” (Declaración de París, 1966), y ¿no es tal el caso de la violencia planeada de las guerras y del terrorismo?.

La cultura de paz, con la educación de paz que le es aneja, erige un gran frente contra las tanatopolíticas e incorpora la biopolítica como instrumento de acción, porque exige, vuelvo a palabras de Espósito, que “la vida entre directamente en los mecanismos y dispositivos del gobierno de los hombres”.

Sus lineamientos básicos coinciden con los de la biopolítica, porque paz no es meramente sinónimo de erradicación de la guerra sino, de manera más abarcativa, promoción del Eros del existir en el todo de sus expresiones, sin desconocer por ello los impulsos tanáticos que la desafían. Solo que “para comerte mejor”, como le dijo el lobo a Caperucita.

Las medidas políticas son algo así como el brazo operativo en la cultura de paz, traducida por ella en pautas de organización social, legal, económica, cultural, educativa. Estas últimas, la educación de paz, a la que dedico unas líneas más adelante, ocupan un espacio capital.

Guerra y paz se contraponen en un contraste que nace de modo casi automático; sin embargo vigencia de la paz es igualmente suspensión de toda otra forma de violencia, así la de las grandes desigualdades socioeconómicas, con todo cuanto éstas involucran, no solo suspensión de violencia bélica. En unas u otras formas las perpetran individuos o entidades colectivas: Estados, clases sociales, y sea cual sea la modalidad básica que revistan, violencia directa o estructural, la que señaló Johan Galtung, su efecto, a veces subcidiario a motivaciones más lejanas, es de daño, no necesariamente físico, en individuos, en los círculos que éstos aprecian o aman, en sus posesiones, en lugares que sienten suyos, en sociedades en pleno.

De todos modos la erradicación de la guerra es un objetivo prioritario en la cultura de paz, (se libraron unas 70 en 2004, en diversas partes del mundo), porque ellas son ocasión de que se cometan los máximos abusos del hombre contra el hombre. El polo opuesto de los fines de la biopolítica.



Para los cultores de la cultura de paz, se trata de “construir un mundo parecido a nuestras esperanzas”, para valernos de palabras de Borges. Hacia caminos de solidaridad nos orientan en la filosofía contemporánea, desde una vertiente ética y antropológica, muy altos filósofos; me limito a referirme, otra vez al Edmund Husserl y a Emmanuel Levinas. Este último, quien concede un carácter radical en la índole de la criatura humana al cuidado por el otro, dice así: “El hombre libre está consagrado al prójimo, nadie puede salvarse sin los otros” (…) Nadie puede quedarse en sí mismo: la humanidad del hombre, la subjetividad, es una responsabilidad por los otros, una vulnerabilidad extrema. La vuelta a sí mismo se convierte en rodeo interminable (…). El hombre está formado de responsabilidades”.

A través de una imagen que se hizo famosa, la visión del rostro, Levinas hace saltar al primer plano de la atención la fragilidad de todo otro hombre, sometido, como también nosotros mismos, a la mortalidad y el sufrimiento. El rostro nos llama a socorrerlo, y al asumir ese mandato respondemos simultáneamente nuestro propio ser, a una raíz ética que nos constituye, por que “la subjetividad (…) es inicialmente un para-otro”.

Tal trascender ético se transforma inevitablemente en exigencia política, puesto que no nos hallamos solo frente a un otro singular sino a “los otros del otro”, y es preciso comparar sus derechos, hacer justicia.



También para Husserl, según procuré subrayar, a la ética le corresponde un lugar prioritario en la filosofía: la fenomenología es búsqueda del valor verdad, pero no únicamente como requerimiento del conocer sino también en relación al “verdadero ser de la humanidad” y a las responsabilidades individuales que en tanto tal le conciernen. En la fidelidad a su sí mismo encontrará la inquietud por su cultura.

La filosofía en su principio no fue “práctica”, aplicada al mundo de la vida; no se preguntaba por la utilidad extrateórica de sus indagaciones, pero se extendió con el tiempo al ámbito del ser, el conocer y el hacer de las personas. Este último avatar en Husserl cobra centralidad, señalando el horizonte de la máxima perfectibilidad del hombre, telos que guía su andar en tanto que “ser hombre verdadero”, y con ello se cumple el anhelo de sentirse integrado en una “humanidad verdadera”. En la concreción de este anhelo a todos nos toca participar, conformar una “comunidad de hombres de bien”, esto es auténticos. Precisamente el pilar y a la par producto, de la cultura de paz la cual exige en determinadas ocasiones históricas una “renovación como problema ético individual”, que revertirá como responsabilidad sobre los asuntos de la humanidad toda. Es un proceso, como lo expresa Jacobo Kogan según Husserl “la historia de la humanidad verdadera y auténtica va tomando conciencia de sí en un avance progresivo hacia el cumplimiento cabal de su destino”.

Se justifica, creo insistir: la recuperación de la “protofundación” de la “voluntad de vida ética” atañe al “edificio mismo de la ética individual”, pero siendo todo hombre miembro de una cultura, lo vuelve esta circunstancia “sujeto de obligaciones sociales”, criatura de responsabilidades políticas. Explicita Roberto Walton: en la felicidad de la humanidad toda “cada hombre tiene su parte en la medida en que contribuye al creciente valor y armonía del todo”.

En cuanto a los conflictos sociales específicos, entre los que se incluyen los bélicos con máxima gravedad, según Husserl “cuando se producen (…) deberá llegarse a un entendimiento ético entre las partes (…) de modo de no obrar unos contra otros, sino, en distintas formas, dentro de una comunidad de voluntades…” Podrían haberlo dicho los teóricos de la ética de la comunicación, Apel o Habermas. Son etapas de avance hacia el cumplimiento infinito de un sí mismo que hasta desea la bondad no solo en su propia persona sino “para toda la comunidad como comunidad de hombres de bien”.



La aproximación a este horizonte es lo que persigue la educación para la paz, objetivo prioritario éste de la UNESCO, a quien se le deben múltiples sugerencias e iniciativas respecto a los procederes pedagógicos aplicables.

Ante todo tal educación debe inculcar y expandir las actitudes propiciatorias de que hablé al comienzo, porque si no se arman andamiajes apropiados los proyectos se desmoronan. En esta tarea les toca a psicólogos, pedagogos y filósofos de la ética cumplir una función primerísima, induciendo a los educandos, la sociedad toda en verdad, (los hombres del dinero, los hombres de gobierno, los hombres de ciencia, los hombres del trabajo) a focalizarse tanto en sus propias miras de perfeccionamiento moral, acordes con “la Idea de Humanidad y su destino total” (Kant), como a los obstáculos anímicos, por ejemplo agresividad, competitividad, egocentrismo miope, que estorban su realización. Y no faltan medios pedagógicos (por mi parte concedo gran importancia a las técnicas psicodramáticas), psicoaxiopedagógicos mejor, para intentar superarlo esos obstáculos a través de la autotransparencia y la percepción de canalizaciones imaginativas.



La tríada cultura de paz, biopolítica y educación para la paz es indisociable, y la filosofía ética enseña por qué debe dirigir los pasos del hombre por sendas dialogantes de respeto, justicia y empatía, libremente elegidas en la compleja urdimbre de los intercambios humanos.

Intercambio es la palabra, pues al instaurarse condiciones de paz lo dado retorna al mismo donante como ejercicio de su idiosincrasia, sellada por un ser en el mundo que es un ser-con. Rezan unos versos de Paul Claudel: “No hay otra paz para el hombre que un contrato con todos los hombres”.

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