martes, 20 de noviembre de 2007

Sobre los niños y la guerra


Niños terroristas


Aída Aisenson Kogan



No es un hecho nuevo la abominable violación de derechos básicos que entraña el reclutamiento de niños para que protagonicen ataques bélicos o atentados terroristas. En las últimas décadas ha cobrado fuerza una forma particular de tal práctica: el adiestramiento y utilización infantil en actos de violencia homicida-suicida. Según autorizados testimonios, por ejemplo el de Tom Keonings, representante de la Secretaría de las Naciones Unidas, así como a través de imágenes televisivas de clases escolares o de dibujos animados de animalitos que seducen a niños con el mensaje de que “la vía del martirio es el camino a seguir”, es lo que ocurre en Túnez, Argelia, Palestina. E incluso en Inglaterra fundamentalistas islámicos entrenan a contingentes infantiles para fines terroristas. Los padres de los niños así victimizados reciben una compensación económica por permitir que sus hijos se conviertan en parte activa de la militancia de grupos como Hamas, la Jihad Islámica, Al-Quaeda u otros.

En la Declaración de los Derechos de los Niños (Asamblea General de las Naciones Unidas, noviembre de 1989) se estipula entre otros puntos relativos a la educación que “se inculcará al niño el respeto a los derechos humanos y las libertades y principios fundamentales consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”; y asimismo que “se lo preparará para que asuma una vida libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de los sexos y amistad entre todos los pueblos, grupos étnicos, nacionales y religiosos y personas de origen indígena”. (Artículo 29).

En las antípodas de todo ello, la tramitación de conflictos entre naciones o entre grupos ideológicos suele resolverse por la violencia muy frecuentemente, y la obligada intervención de niños en actos homicidas-suicidas constituye la transgresión máxima.

Ello plantea la siguiente cuestión: La UNICEF, sigla del Fondo Internacional de las Naciones Unidas para el Socorro de la Infancia, ¿esté haciendo lo suficiente para frenar tales ultrajantes e impiadosos abusos? Si así fuera es preciso que se divulguen sus iniciativas para estimular a otras agencias gubernamentales o privadas, a contribuir a las mismas. Y si así no fuera, es urgente que se comience a defender tanto la supervivencia de los tempranos e involuntarios guerreros como la preservación de su desarrollo psíquico y moral.

Y algo más aún, el inhumano reclutamiento constituye un fuerte peligro para el mundo en su totalidad: ¿cómo se rehabilitará a los inocentes victimarios para que, dada su iniciación tan temprana como máquinas de muerte y destrucción, no se comporten con saña imparable en muchos otros conflictos en los que tomen parte?

La defensa de los niños, y con ello del futuro de todos, ¡ya!

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